A corazón abierto (programación)

miércoles, 25 de agosto de 2010

El secreto para vencer el temor

Comentario del padre Raniero Cantalamessa –predicador de la Casa Pontificia– a las lecturas del domingo (Jr 20, 10-13; Sal 68, 8-35; Rm 5, 12-15; Mt 10, 26-33).
ROMA, viernes, 17 junio 2005 (ZENIT.org)..


Mateo (10, 26-33)
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: «No tengáis miedo de los hombres, pues no hay nada encubierto que no haya de ser descubierto, ni oculto que no haya de saberse. Lo que yo os digo en la oscuridad, decidlo vosotros a la luz; y lo que oís al oído, proclamadlo desde los terrados. Y no temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; temed más bien a aquel que puede llevar a la perdición del alma y cuerpo en la gehenna. ¿No se venden dos pajarillos por un as? Pues bien, ni uno de ellos caerá en tierra sin el consentimiento de vuestro Padre».


¡No tengáis miedo!
¡Este domingo el tema dominante del Evangelio es que Cristo nos libera del miedo! Como las enfermedades, los miedos pueden ser agudos o crónicos. Los miedos agudos son determinados por una situación de peligro extraordinario. Si estoy a punto de ser atropellado por un coche, o empiezo a notar que la tierra se mueve bajo mis pies por un terremoto, se trata de temores agudos. Como surgen de improviso y sin preaviso, así desaparecen con el cese del peligro, dejando si acaso sólo un mal recuerdo. No dependen de nosotros y son naturales. Más peligrosos son los miedos crónicos, los que viven con nosotros, que llevamos desde el nacimiento o de la infancia, que se convierten en parte de nuestro ser y a los cuales acabamos a veces hasta encariñándonos.
El miedo no es un mal en sí mismo. Frecuentemente es la ocasión para revelar un valor y una fuerza insospechados. Sólo quien conoce el temor sabe qué es el valor. Se transforma verdaderamente en un mal que consume y no deja vivir cuando, en vez de estímulo para reaccionar y resorte para la acción, pasa a ser excusa para la inacción, algo que paraliza. Cuando se transforma en ansia: Jesús dio un nombre a las ansias más comunes del hombre: «¿Qué vamos a comer?, ¿qué vamos a beber?, ¿con qué vamos a vestirnos?» (Mt 6, 31). El ansia se ha convertido en la enfermedad del siglo y es una de las causas principales de la multiplicación de los infartos.
Vivimos en el ansia, ¡y así es como no vivimos! La ansiedad es el miedo irracional de un objeto desconocido. Temer siempre, de todo, esperarse sistemáticamente lo peor y vivir siempre en una palpitación. Si el peligro no existe, el ansia lo inventa; si existe lo agiganta. La persona ansiosa sufre siempre los males dos veces: primero en la previsión y después en la realidad. Lo que Jesús en el Evangelio condena no es tanto el simple temor o la justa solicitud por el mañana, sino precisamente este ansia y esta inquietud. «No os preocupéis», dice, «del mañana. Cada día tiene bastante con su propio mal».
Pero dejemos de describir nuestros miedos de distinto tipo e intentemos en cambio ver cuál es el remedio que el Evangelio nos ofrece para vencer nuestros temores. El remedio se resume en una palabra: confianza en Dios, creer en la providencia y en el amor del Padre celeste. La verdadera raíz de todos los temores es encontrarse solo. Ese continuo miedo del niño a ser abandonado.
Y Jesús nos asegura justamente esto: que no seremos abandonados. «Si mi madre y mi padre me abandonan, el Señor me acogerá», dice un Salmo (27, 10). Aunque todos nos abandonaran, él no. Su amor es más fuerte que todo.
No podemos sin embargo dejar el tema del miedo en este punto. Resultaría poco próximo a la realidad. Jesús quiere liberarnos de los temores y nos libera siempre. Pero Él no tiene un solo modo para hacerlo; tiene dos: o nos quita el miedo del corazón o nos ayuda a vivirlo de manera nueva, más libremente, haciendo de ello una ocasión de gracia para nosotros y para los demás. Él mismo quiso hacer esa experiencia. En el Huerto de los Olivos está escrito que «comenzó a experimentar tristeza y angustia». El texto original sugiere hasta la idea de un terror solitario, como de quien se siente aislado del consorcio humano, en una soledad inmensa. Y la quiso experimentar precisamente para redimir también este aspecto de la condición humana. Desde aquel día, vivido en unión con Él, el miedo, especialmente el de la muerte, tienen el poder de levantarnos en vez de deprimirnos, de hacernos más atentos a los demás, más comprensivos; en una palabra, más humanos

martes, 24 de agosto de 2010

El peligro de dejar lo importante por lo urgente

Comentario del padre Raniero Cantalamessa –predicador de la Casa Pontificia– a las lecturas de la liturgia de la Misa del XXVIII Domingo del tiempo ordinario. Isaías 25, 6-10a; Filipenses 4, 12-14.19-20; Mateo 22, 1-14.
ROMA, viernes, 10 de octubre de 2008 (ZENIT.org).


Lo importante y lo urgente
Es instructivo observar cuáles son los motivos por los que los invitados de la parábola se negaron a venir al banquete. Mateo dice que ellos “no hicieron caso” de la invitación y “se fueron el uno a su campo, el otro a su negocio”. El evangelio de Lucas, en este punto, es más detallado y presenta así los motivos del rechazo: “He compardo un campo y tengo que ir a verlo... He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlas... Me he casado, y por eso no puedo ir” (Lc 14, 18-20).
¿Qué tienen en común estos diversos personajes? Todos los tres tienen algo urgente que hacer, algo que no puede esperar, que reclama inmediatamente su presencia. ¿Y qué representa en cambio el banquete nupcial? Este indica los bienes mesiánicos, la participación en la salvación conseguida por Cristo, y por tanto la posibilidad de vivir eternamente. El banquete representa, por tanto, lo más importante en la vida, es más, lo único importante. Está claro entonces, en qué consiste el error cometido por los invitados; consiste en abandonar lo importante por lo urgente, ¡lo esencial por lo contingente! Ahora bien, éste es un riesgo tan difundido e insidioso, no sólo en el plano religioso, sino también en el puramente humano, que vale la pena reflexionar un poco sobre él.
Ante todo, precisamente, en el plano religioso. Abandonar lo importante por lo urgente, en el plano espiritual, significa retrasar continuamente el cumplimiento de los deberes religiosos, porque cada vez se presenta algo urgente que hacer. Es domingo y es hora de ir a misa, pero está pendiente esta visita, ese trabajillo en el jardín, la comida que preparar. La Misa puede esperar, la comida no; por tanto, se retrasa la misa y se arrima uno a los fuegos.
He dicho que el peligro de abandonar lo importante por lo urgente está presente también en el ámbito humano, en la vida de todos los días, y quisiera señalar también a esto. Para un hombre es ciertamente importantísimo dedicar tiempo a la familia, a estar con los hijos, dialogar con ellos si son grandes y jugar con ellos si son pequeños. Pero en el último momento se presentan siempre cosas urgentes que terminar en la oficina, horas extraordinarias que hacer, y se deja para otra vez, acabando por llegar a casa demasiado tarde y demasiado cansados para pensar en otra cosa.
Para un hombre o una mujer es importantísima ir de vez en cuando a visitar al anciano padre que vive solo en casa o en algún asilo. Para cualquiera es algo importantísimo visitar a un conocido enfermo para mostrarse su apoyo y hacer algún servicio práctico por él. Pero no es urgente, si lo dejas para más adelante aparentemente no se hunde el mundo, quizas nadie si dé cuenta. Y así se deja para más adelante.
Lo mismo pasa con el cuidado de la propia salud, que también está entre las cosas importantes. El médico, o simplemente en físico, advierte que hay que cuidarse, tomar un periodo de descanso, evitar el estrés... Se contesta: sí, lo haré, por supuesto, apenas termine ese trabajo, cuando haya arreglado la casa, cuando haya pagado todas las deudas... Hasta que uno se da cuenta que es demasiado tarde. Ahí está el engaño: se pasa uno la vida persiguiendo mil pequeñas cosas que arreglar y nunca se encuentra tiempo para las cosas que verdaderamente inciden en las relaciones humanas y pueden dar verdadera alegría (y, abandonadas, la verdadera tristeza) en la vida. Así vemos como el Evangelio, indirectamente, es también escuela de vida; nos enseña a establecer prioridades, a tender a lo esencial. En una palabra, a no perder lo importante por lo urgente, como sucedió a los invitados de nuestra parábola.

Acerca del Optimismo

Textos escogidos de san Josemaría Escrivá


El optimismo cristiano no es un optimismo dulzón, ni tampoco una confianza humana en que todo saldrá bien.

Es un optimismo que hunde sus raíces en la conciencia de la libertad y en la seguridad del poder de la gracia; un optimismo que lleva a exigirnos a nosotros mismos, a esforzarnos por corresponder en cada instante a las llamadas de Dios. (Forja, 659 )

Tarea del cristiano: ahogar el mal en abundancia de bien. No se trata de campañas negativas, ni de ser antinada. Al contrario: vivir de afirmación, llenos de optimismo, con juventud, alegría y paz; ver con comprensión a todos: a los que siguen a Cristo y a los que le abandonan o no le conocen.
—Pero comprensión no significa abstencionismo, ni indiferencia, sino actividad.(Surco, 864)

El Señor —repito— nos ha dado el mundo por heredad. Y hemos de tener el alma y la inteligencia despiertas; hemos de ser realistas, sin derrotismos. Sólo una conciencia cauterizada, sólo la insensibilidad producida por la rutina, sólo el atolondramiento frívolo pueden permitir que se contemple el mundo sin ver el mal, la ofensa a Dios, el daño en ocasiones irreparable para las almas. Hemos de ser optimistas, pero con un optimismo que nace de la fe en el poder de Dios —Dios no pierde batallas—, con un optimismo que no procede de la satisfacción humana, de una complacencia necia y presuntuosa.( Es Cristo que pasa, 123)

La alegría, el optimismo sobrenatural y humano, son compatibles con el cansancio físico, con el dolor, con las lágrimas —porque tenemos corazón—, con las dificultades en nuestra vida interior o en la tarea apostólica.
El, "perfectus Deus, perfectus Homo" —perfecto Dios y perfecto Hombre—, que tenía toda la felicidad del Cielo, quiso experimentar la fatiga y el cansancio, el llanto y el dolor..., para que entendamos que ser sobrenaturales supone ser muy humanos. (Forja, 290)

Ha querido el Señor que sus hijos, los que hemos recibido el don de la fe, manifestemos la original visión optimista de la creación, el "amor al mundo" que late en el cristianismo.
—Por tanto, no debe faltar nunca ilusión en tu trabajo profesional, ni en tu empeño por construir la ciudad temporal. (Forja, 703)

Ese desaliento, ¿por qué? ¿Por tus miserias? ¿Por tus derrotas, a veces continuas? ¿Por un bache grande, grande, que no esperabas?
Sé sencillo. Abre el corazón. Mira que todavía nada se ha perdido. Aún puedes seguir adelante, y con más amor, con más cariño, con más fortaleza.
Refúgiate en la filiación divina: Dios es tu Padre amantísimo. Esta es tu seguridad, el fondeadero donde echar el ancla, pase lo que pase en la superficie de este mar de la vida. Y encontrarás alegría, reciedumbre, optimismo, ¡victoria! (Via Crucis, 7, 3)

Antes eras pesimista, indeciso y apático. Ahora te has transformado totalmente: te sientes audaz, optimista, seguro de ti mismo..., porque al fin te has decidido a buscar tu apoyo sólo en Dios. (Surco, 426)

domingo, 22 de agosto de 2010

REZAR

Rezar es aprender a desear, asegura un mensaje pontificio
Enviado al “Meeting” de Comunión y Liberación en Rímini
CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 22 de agosto de 2010 (ZENIT.org) - "Aprender a rezar es aprender a desear y, de este modo, aprender a vivir". Este es el consejo que deja el mensaje que ha enviado Benedicto XVI, a través de su secretario de Estado, el cardenal Tarcisio Bertone, al "Meeting por la amistad entre los pueblos", inaugurado este domingo en la ciudad italiana de Rímini.
La misiva al multitudinario encuentro que convoca el movimiento Comunión y Liberación, que reúne durante la semana a más de medio millón de personas, comenta el tema elegido para esta trigésimo primera "Esa naturaleza que nos empuja a desear cosas grandes es el corazón".
"Nos recuerda que en el fondo de la naturaleza de todo hombre --reconoce el mensaje pontificio que fue leído este domingo en la misa inaugural-- se encuentra la irreprimible inquietud que le empuja a buscar algo que pueda satisfacer su anhelo".
"Todo hombre intuye que precisamente en la realización de los deseos más profundos de su corazón puede encontrar la posibilidad de realizarse, de encontrar su cumplimiento, de convertirse verdaderamente en sí mismo", añade el texto.
"El hombre sabe que no puede responder por sí solo a sus propias necesidades. Por más que crea que es autosuficiente, experimenta que no es suficiente para él mismo. Tiene necesidad de abrirse al otro, a algo o a alguien, que pueda darle lo que le falta. Por decirlo de algún modo, debe salir de sí mismo hacia aquello que pueda colmar la amplitud de su deseo", añade.
Ahora bien, afirma el mensaje, "el hombre se ve tentado con frecuencia por las cosas pequeñas, que ofrecen una satisfacción y un placer 'baratos', que satisfacen un momento, tan fáciles de alcanzar como ilusorias en último término"
Sin embargo, "sólo Dios basta. Sólo Él sacia el hambre profunda del hombre. Quien ha encontrado a Dios, ha encontrado todo. Las cosas finitas pueden dar destellos de satisfacción o de alegría, pero sólo lo Infinito puede llenar el corazón del hombre", afirma citando a san Agustín de Hipona: "nuestro corazón está inquieto hasta que no descanse en ti".
"En el fondo --subraya--, el hombre sólo necesita una cosa que todo lo abarca, pero antes debe aprender a reconocer, incluso a través de sus deseos y anhelos superficiales, lo que necesita verdaderamente, es decir, lo que realmente quiere, lo que es capaz de satisfacer la capacidad de su corazón".
El deseo de "cosas grandes" debe transformarse en oración, asegura el pontífice, "expresión del deseo" de Dios ante la que "Dios responde ensanchando nuestro corazón hacia Él". "Tenemos que purificar nuestros deseos y esperanzas para poder acoger la dulzura de Dios".
"Rezar ante Dios es un camino, una escalera: es un proceso de purificación de nuestros pensamientos, de nuestros deseos. Podemos pedirle todo a Dios. Todo lo que es bueno. La bondad y la potencia de Dios no tienen un límite entre cosas grandes y pequeñas, materiales y espirituales, terrenales y celestiales".
"En el dialogo con Él, poniendo nuestra vida ante sus ojos, aprendemos a desear las cosas buenas, en definitiva, a Dios mismo", asegura.
El mensaje concluye recordando que hace cinco años falleció el sacerdote italiano monseñor Luigi Giussani (1922 - 2005), fundador de Comunión y Liberación y amigo personal de Joseph Ratzinger, a quien presenta como maestro de jóvenes a la hora de despertar en ellos el amor a Cristo.

martes, 10 de agosto de 2010

En el camino de la santificación personal, se puede a veces tener la impresión de que, en lugar de avanzar, se retrocede; de que, en vez de mejorar, se empeora. Mientras haya lucha interior, ese pensamiento pesimista es sólo una falsa ilusión, un engaño, que conviene rechazar. —Persevera tranquilo: si peleas con tenacidad, progresas en tu camino y te santificas.(SAN JOSE MARIA ESCRIVÁ)
"La santidad personal no es una entelequia, sino una realidad precisa, divina y humana, que se manifiesta constantemente en hechos diarios de Amor."(SAN JOSE MARIA ESCRIVÁ)

lunes, 9 de agosto de 2010

HUMILDAD

“La oración” es la humildad del hombre que reconoce su profunda miseria y la grandeza de Dios, a quien se dirige y adora, de manera que todo lo espera de El y nada de sí mismo.“La fe” es la humildad de la razón, que renuncia a su propio criterio y se postra ante los juicios y la autoridad de la Iglesia.“La obediencia” es la humildad de la voluntad, que se sujeta al querer ajeno, por Dios.“La castidad” es la humildad de la carne, que se somete al espíritu.“La mortificación” exterior es la humildad de los sentidos.“La penitencia” es la humildad de todas las pasiones, inmoladas al Señor.—La humildad es la verdad en el camino de la lucha ascética.
Es muy grande cosa saberse nada delante de Dios, porque así es.
“Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón...” ¡Humildad de Jesús!... ¡Qué lección para ti, que eres un pobre instrumento de barro!: El —siempre misericordioso— te ha levantado, haciendo brillar en tu vileza, gratuitamente ensalzada, las luces del sol de la gracia. Y tú, ¡cuántas veces has disfrazado tu soberbia so capa de dignidad, de justicia...! ¡Y cuántas ocasiones de aprender del Maestro has desaprovechado, por no haber sabido sobrenaturalizarlas!
Esas depresiones, porque ves o porque descubren tus defectos, no tienen fundamento...—Pide la verdadera humildad.
Déjame que te recuerde, entre otras, algunas señales evidentes de falta de humildad:—pensar que lo que haces o dices está mejor hecho o dicho que lo de los demás;—querer salirte siempre con la tuya;—disputar sin razón o —cuando la tienes— insistir con tozudez y de mala manera;—dar tu parecer sin que te lo pidan, ni lo exija la caridad;—despreciar el punto de vista de los demás;—no mirar todos tus dones y cualidades como prestados;—no reconocer que eres indigno de toda honra y estima, incluso de la tierra que pisas y de las cosas que posees;—citarte a ti mismo como ejemplo en las conversaciones;—hablar mal de ti mismo, para que formen un buen juicio de ti o te contradigan;—excusarte cuando se te reprende;—encubrir al Director algunas faltas humillantes, para que no pierda el concepto que de ti tiene;—oír con complacencia que te alaben, o alegrarte de que hayan hablado bien de ti;—dolerte de que otros sean más estimados que tú;—negarte a desempeñar oficios inferiores;—buscar o desear singularizarte;—insinuar en la conversación palabras de alabanza propia o que dan a entender tu honradez, tu ingenio o destreza, tu prestigio profesional...;—avergonzarte porque careces de ciertos bienes...
Ser humilde no equivale a tener angustia o temor.
Huyamos de esa falsa humildad que se llama comodidad.