A corazón abierto (programación)

lunes, 26 de abril de 2010

CERTEZA Y VERDAD

La noción de certeza es distinta de la de verdad: alguien posee certeza de una verdad. La certeza indica la cualidad de la posesión, de la asimilación de la verdad por parte de un sujeto. Una verdad cierta es una verdad que ningún argumento podría arrancar del espíritu. De este modo, certeza significa la propiedad de la verdad por la que ésta puede imponerse de manera inapelable al espíritu. Mientras la verdad expresa la relación de conformidad del juicio con la realidad conocida, la certeza constituye el efecto de la verdad, la naturaleza de su radicación en el sujeto que conoce: existen verdades ciertas y verdades probables.
La verdad se impone con certeza cuando el espíritu descubre su evidencia, inmediata o mediata. Entonces el objeto se hace presente al espíritu.
Ahora bien, en la cultura moderna se ha producido un desplazamiento de acento, cuya importancia no debería minusvalorarse: oponiéndose a la naturaleza misma de las cosas, la certeza ha tomado la delantera sobre la evidencia de la verdad. Antes que nada se ha buscado la certeza.
De aquí han derivado dos consecuencias. La primera, una forma característica de racionalismo. Se ha buscado antes que nada el cómo del conocimiento, la posesión perfecta del objeto se ha transformado en criterio de verdad, excluyendo de esta suerte, del campo del saber, todo conocimiento imperfecto de la verdad. Y este es el motivo de que la razón humana se haya cerrado en sí misma.
La segunda consecuencia puede encontrarse en la dirección opuesta. La búsqueda prioritaria de la certeza, que pone en primer plano el aspecto subjetivo del conocimiento, ha abierto el camino a los sucedáneos psicológicos de la certeza. Desprovista de cualquier nexo con la verdad, la certeza se ha convertido en una actitud subjetiva tranquilizadora. Y por esta puerta han entrado las ideologías1. Sin preguntarse jamás por sus fundamentos, se ha perseguido lo indudable, sólo porque resulta consolador. La cuestión interesa de manera directa al testigo de la verdad. En efecto, la fe teologal lleva consigo una relación entre evidencia y certeza que no tiene equivalente en el orden de las cosas humanas. Por lo común, el grado de certeza depende del grado de evidencia. En la fe teologal conviven la ausencia de evidencia y la perfecta firmeza de la certeza: y esto, porque el acto de fe se apoya en un motivo más fuerte que las evidencias naturales de la razón, a saber, la autoridad de Dios que revela y su suprema veracidad. De forma que, sin duda, existe una evidencia como fundamento de la fe, pero una evidencia que se nos da a través de un mediador: "A Dios nadie lo ha visto nunca; el Hijo unigénito, que está en el seno del Padre, El lo ha revelado" (Io 1,18).
El testigo de la verdad debe ser plenamente consciente de la especificidad de la fe teologal. San Josemaría Escrivá enseña: "La fe es virtud sobrenatural que dispone nuestra inteligencia a asentir a las verdades reveladas, a responder que sí a Cristo, que nos ha dado a conocer plenamente el designio salvador de la Trinidad Beatísima" (Amigos de Dios, n. 191). Estas líneas iluminan el comportamiento que se espera de nosotros.
El reino de las ideologías ha sido el de las "certezas" que no tenían ya como causa la verdad. De ahí que hayan sido interpretadas como respuestas, en el ámbito individual y social, a una necesidad de seguridad. Las "certezas" serían de esta suerte mentiras gracias a las que nos defenderíamos de lo trágico de nuestra existencia, sometida a la ley inexorable del tiempo y de la caducidad. Habiendo fallado este recurso, el hombre debería aprender a vivir sin certezas; el escepticismo y el relativismo constituirían, así, los cimientos de una nueva sabiduría.
En nombre de semejante actitud, la de la desesperación resignada, se acusa a los creyentes de ser o fanáticos o seres anacrónicos que se esfuerzan por agarrarse a las viejas certezas. Este nuevo contexto cultural reclama un testimonio notable de la fe y de su novedad. Es menester que resulte evidente que las certezas del creyente provienen de la verdad divina, fuente de significado, de paz y de alegría. Semejante testimonio disipará prejuicios y obstáculos, si su expresión es auténticamente evangélica. En efecto, el testigo de la verdad ha de afrontar un doble escollo: el de la certeza tranquilizadora que ya no resulta referida a la verdad, y el del correlativo rechazo de las certezas como ilusiones de las que el hombre ha de aprender a prescindir.(FUENTE:Georges Cottier -UDEP)

No hay comentarios:

Publicar un comentario