A corazón abierto (programación)

sábado, 27 de marzo de 2010

Sentirse “Señor” del cargo La soberbia tiende a lo excelso, pero sin un “pequeño detalle”: la rectitud. Se distingue de la vanidad o vanagloria (su vicio más afín) porque la primera es el deseo desproporcionado de cualquier gran realidad y la segunda, en cambio, tiende a la sola grandeza externa, la alabanza y el honor, es decir, a considerarse superior a quien se es. Así como el honor social es –según Aristóteles- el premio debido de la virtud, la soberbia busca ese honor pero sin virtud, una es interna, mientras que la otra es su manifestación externa.
Se decía que la soberbia se presenta, sobre todo, en dos frentes: en el de la ciencia y en el del poder. Pues bien, la universidad es, por un lado, la sede por antonomasia de la ciencia y, por tanto, está constituida ad intra según un modelo jerárquico de poder bastante acusado.
En cuanto a lo primero, es bien conocido que la ciencia hincha, y el que se cree que sabe todavía no sabe como es debido. Respecto a lo segundo, las posibles causas de la soberbia son dos: la altura del status y las obras. No es extraño, pues, que la soberbia aparezca en una corporación feudal vigente hay en día como la universidad, donde los títulos y cargos directivos marcan en exceso el escalafón, y más todavía, en una sociedad como la actual, donde “mandar” y “obedecer” no significan exclusivamente “servir”. En efecto, soberbia es sentirse “señor del cargo” –incluso del que no le han encargado-, no “administrador”. Decíase, además, que este mal afecta sobremanera a la juventud, y la universidad es la institución donde más abunda. Con todo, no es solo un problema de gente joven, pues con el paso de los años este defecto se vuelve tan acrisolado y retorcido como encubierto. También declara que incide más en las personas públicas que en las privadas, y es obvio que el oficio universitario es público.

jueves, 18 de marzo de 2010

AMOR PACIENTE

En este sentido, Giambattista Vico señala que una de las constantes de la humanidad consiste precisamente en la celebración de matrimonios solemnes. Este hecho revela, al menos, la difusión de una creencia, a saber, que es posible sujetar las pasiones a la razón. De lo contrario, la noción misma de matrimonio carecería de sentido. Si una persona no esta dispuesta a sujetar su vista, sus gustos y en general toda su sensualidad a una instancia superior, todo lo que se diga en estas materias le resultara incomprensible.
Una forma de considerar la inconveniencia de las relaciones prematrimoniales tiene que ver con los hijos. Si, como es habitual, se los excluye, se esta realizando una muy mala preparación para el matrimonio. El hedonismo es infecundo. En cambio, los hijos constituyen la forma humana de la virtud de la esperanza. La esperanza supone saber postergar las exigencias del presente en pro de un bien que se espera alcanzar. Y si vienen, se pone a esos hijos en una situación muy inestable, en donde el riesgo de pasar la vida sin su padre o sin su madre es excesivamente alto. Ellos no se merecen ese castigo.
Aquí se observa una de las típicas diferencias entre el varón y la mujer. El varón no requiere razones especiales para unirse a una mujer que esté dispuesta a pasar con él la noche. Mas bien requiere razones para no hacerlo. El varón alcanza en unos instantes un altísimo grado de excitación. Es estimulado con gran facilidad. En este sentido, es enormemente vulnerable. Una mujer normal, en cambio, cuando se decide a realizar el acto sexual es porque se está entregando. Lo hace con la secreta confianza de que ese momento durara para siempre en su cabeza y corazón. Cuando pasa el tiempo y se descubre que ese acto ha estado enmarcado en un contexto efímero, muchas se arrepienten: querrían que no hubiera sucedido nunca. El mismo hecho de seguir adelante con esas practicas, puede esconder el deseo ilusorio de consolidar algo que muy difícilmente se transformará en una relacion permanente, porque no está bien asentada. Sienten entonces angustia por el paso del tiempo y, aunque tengan 20 años, perciben como se aproxima la vejez. Lamentablemente, no siempre se sacan las conclusiones correctas: a veces solo se ahonda en esa misma lógica que no lleva a ningún lugar (al menos no un lugar que uno desearía para la gente que quiere). El varón, por su parte, solo se entrega de verdad en el contexto de un matrimonio. Lo otro es engaño (o autoengaño). Por eso el hombre que le pide a una mujer una "prueba de amor", esta mostrando por ese mismo hecho que no la quiere de verdad, que su amor no es tan fuerte como su pasión. Querer en el varón significa estar dispuesto a esperar.
Como todo lo humano noble, el acto sexual y el matrimonio tienen cara y sello. Las relaciones prematrimoniales y la convivencia prematrimonial pretenden tomar sólo lo agradable, dejando de lado lo que incomoda. No es casual que el número de fracasos matrimoniales sea muy superior entre quienes han convivido antes de casarse, o al menos que se han acostumbrado a tener relaciones sexuales antes del matrimonio. Esas prácticas suponen admitir un estilo de vida hedonista que no es una buena preparación para la lógica del sacrificio y la entrega que implica el matrimonio. Por otra parte, no será fácil que quien se halle en estas prácticas pueda entender y vivir más adelante el valor de la fidelidad.
Además, hay que tener en cuenta que la decisión de contraer matrimonio es una decisión seria, que debe ser hecha con serenidad. Una persona que esta capturada por la pasión carece de la distancia necesaria para juzgar si esa persona es realmente la mas adecuada para él o ella. Las relaciones prematrimoniales restringen la libertad para decidir, obnubilan la vista y con frecuencia llevan a tomar decisiones equivocadas.
Las relaciones de los enamorados antes del matrimonio asientan la idea de una existencia carente de vínculos y compromisos. No pueden dar lugar a una entrega plena, porque esta incluye necesariamente la dimensión temporal, el "para siempre" y la apertura a la trascendencia, es decir, la apertura a los hijos. En ellas todo se hace provisorio y el sexo mismo termina por banalizarse en el mundo del placer.
Aunque pueda tener algun parecido externo, el matrimonio se distingue radicalmente de la convivencia, y no puede ser entendido como "una convivencia con papeles". El matrimonio se guía por otra lógica y parte de la base de que el sacrificio es inseparable de la existencia humana y que el placer no es el móvil fundamental para el ser humano. Por otra parte, una de las diferencias reside en el carácter social que siempre ha revestido el matrimonio: es un compromiso que se toma frente al resto de los hombres y que incluso se viste de formas religiosas. Con eso los conyuges muestran que no son seres aislados, que son conscientes de que esa decisión repercutirá en los demas. Estos por tanto no permanecerán por completo indiferentes en caso de que la convivencia matrimonial se altere radicalmente, de que los hijos queden huérfanos o no sean educados como es debido, al menos en un grado mínimo. Es mas, los padres tendran algún grado de responsabilidad ante el resto de los hombres por el comportamiento de sus hijos, mientras estos no alcancen la mayoría de edad.
Por todo lo dicho, hablar de un "matrimonio a prueba" -una de las formas de justificar las relaciones prematrimoniales- resulta un contrasentido. El ser humano no es mercadería que pueda usarse y devolverse en caso de que no produzca satisfacción. Es verdad que en algunas culturas ha existido algo semejante, al dársele al marido la posibilidad de devolver a la esposa en ciertos casos. Pero todos parecemos estar de acuerdo en que se trata de una práctica reprobable, degradante. Querer a alguien como conyuge significa estar dispuesto a casarse con esa persona sin supeditarlo al cumplimiento de ciertas condiciones posteriores. Esa es otra de las diferencias entre matrimonio y concubinato. Esto vale aunque la compatibilidad física, entendida como complementariedad sexual, no sea perfecta. El matrimonio es más que esto. La otra persona es aceptada mas allá de su mayor o menor aptitud sexual. Solo se reconoce que una impotencia absoluta, es decir, la completa incapacidad de realizar el acto conyugal, es capaz de viciar el matrimonio desde el comienzo, por razones que no es del caso desarrollar aquí.
Pero también en el terreno sociológico, matrimonio y concubinato se diferencian. El diagnóstico de las estadísticas se muestra particularmente duro, y señala que, contra lo que algunos podrían pensar, la violencia es mucho mas frecuente en el concubinato que en el matrimonio. Es comprensible y muestra que una y otra institución se mueven por lógicas diferentes. La del concubinato es la lógica de un varón que no esta precisamente acostumbrado a someter sus impulsos a la razón.
La difusión de ese modo de vida carente de compromisos es especialmente triste en las mujeres, pues llega un momento en que muchas empiezan a buscar otra cosa, sienten la necesidad de echar raíces y prolongarse en la familia a través de los hijos, pero entonces puede suceder que sea demasiado tarde, porque la biología no perdona. Con todo, el ser humano es mas que biología, y el dolor que produce esa situación puede mover a un cambio de vida muy profundo. Esas personas quizá ya no puedan tener hijos, pero si pueden transformar sus vidas en un servicio a los demás, adquiriendo unas dimensiones hasta entonces insospechadas. Nunca es demasiado tarde para liberarse de las cadenas del hedonismo.
No es casual que nuestros antepasados hayan sido especialmente severos para excluir las relaciones sexuales entre los que iban a casarse, aunque quiza su indulgencia haya sido excesiva en otros casos, tratándose de los varones. Esa diferencia de criterio apunta a que se trata de dos casos muy distintos, porque el daño que se produce en el matrimonio antes de que comience es un daño que afectara a lo mas importante de la sociedad. Lo otro puede deberse a una debilidad pasajera, en cualquiera de los dos, que puede ser perdonada por la parte inocente. Muy distinta es la situación cuando ambos son los cómplices. ¿Significa esto que están perdidos, que su matrimonio esta destinado a fracasar y que se han transformado en malas personas? No es esto lo que sugiero. Siempre es posible recomenzar, aunque no sea fácil. De ahí que en, algunos países, se haya abierto camino la idea de una "segunda virginidad", es decir, la idea de que la gente que en estas materias ha llevado una conducta equivocada todavía puede cambiar de vida y volver a empezar a vivir la castidad. El ser humano no esta marcado para siempre por la fatalidad de su pasado.
Tomado de: Joaquín García Huidobro.

lunes, 15 de marzo de 2010

ETIOLOGIA DE LA ACTUAL EPISTEMOLOGIA

Su pregunta concerniente a la historia de la salvación toca lo que es el significado más profundo de la salvación redentora. Comencemos echando una mirada a la historia del pensamiento europeo después de Descartes. ¿Por qué pongo también aquí en primer plano a Descartes? No sólo porque él marca el comienzo de una nueva época en la historia del pensamiento europeo, sino también porque este filósofo, que ciertamente está entre los más grandes que Francia ha dado al mundo, inaugura el gran giro antropocéntrico en la filosofía. "Pienso, luego existo", como recordamos antes, es el lema del racionalismo moderno. Todo el racionalismo de los últimos siglos -tanto en su expresión anglosajona como en la continental con el kantismo, el hegelianismo y la filosofía alemana de los siglos XIX Y XX hasta Husserl y Heidegger- puede considerarse una continuación y un desarrollo de las posiciones cartesianas. El autor de Meditationes de prima philosophia, con su prueba ontológica, nos alejó de la filosofia de la existencia, y también de las tradicionales vías de santo Tomás. Tales vías llevan a Dios, "existencia autónoma", Ipsum esse subsistens ("el mismo Ser subsistente"). Descartes, con la absolutización de la conciencia subjetiva, lleva más bien hacia la pura conciencia del Absoluto, que es el puro pensar; un tal Absoluto no es la puro pensar; no es la existencia autónoma, sino en cierto modo el pensar autónomo: solamente tiene sentido lo que se refiere al pensamiento humano; no importa tanto la verdad objetiva de este pensamiento como el hecho mismo de que algo esté presente en el conocimiento humano; no importa tanto la verdad objetiva de este pensamiento como el hecho mismo de que algo esté presente en el conocimiento humano. Nos encontramos en el umbral del inmanentismo y del subjetivismo modernos. Descartes representa el inicio del desarrollo tanto de las ciencias exactas y naturales como de las ciencias humanas según esta nueva expresión. Con él se da la espalda a la metafísica y se centra el foco de interés en la filosofía del conocimiento. Kant es el más grande representante de esta corriente. Si no es posible achacar al padre del racionalismo moderno el alejamiento del cristianismo, es difícil no reconocer que él creó el clima en el que, en la época moderna, tal alejamiento pudo realizarse. No se realizó de modo inmediato, pero sí gradualmente. En efecto, unos ciento cincuenta años después de Descartes, comprobamos cómo lo que era esencialmente cristiano en la tradición del pensamiento europeo, se ha puesto ya entre paréntesis. Estamos en los tiempos en que en Francia el protagonista es el iluminismo, una doctrina con la que se lleva a cabo la definitiva afirmación del puro racionalismo. La Revolución francesa, durante el Terror, derribó los altares dedicados a Cristo, derribó los crucifijos los caminos, y en su lugar introdujo el culto a la diosa Razón, sobre cuya base fueron proclamadas la libertad, la igualdad y la fraternidad. De este modo, el patrimonio espiritual, y en concreto el moral, del cristianismo fue arrancado de su fundamento evangélico, al que es necesario devolverlo para que reencuentre su vitalidad.

LAS FORMAS SON IMPORTANTES

Un Sultán soñó que había perdido todos los dientes. Después de despertar, mandó llamar a un sabio para que interpretase su sueño. "¡Qué desgracia, mi Señor! –dijo el sabio–, cada diente caído representa la pérdida de un pariente de Vuestra Majestad". "¡Qué insolencia! –gritó el Sultán enfurecido–. ¿Cómo te atreves a decirme semejante cosa? ¡Fuera de aquí!". Llamó a su guardia y ordenó que le dieran cien latigazos.
A continuación mandó que le trajesen a otro sabio y volvió a contarle lo que había soñado. Este, después de escuchar con atención al Sultán, le dijo: "Mi Señor, gran felicidad os ha sido reservada, pues el sueño significa que sobrevivirás a todos vuestros parientes". Se iluminó el semblante del Sultán y ordenó que le dieran cien monedas de oro.
Cuando este segundo sabio salía del palacio, uno de los cortesanos le dijo admirado: "¡Es curioso! La interpretación que habéis hecho de los sueños del Sultán es la misma que el primer sabio, pero a él le pagó con cien latigazos y a ti con cien monedas de oro". "Recuerda, amigo mío –respondió el segundo sabio–, que casi todo depende de la forma en el decir".
Esta vieja historia muestra cómo uno de los grandes desafíos de la humanidad es aprender a comunicarse. De la comunicación depende, muchas veces, la felicidad o la desgracia, la amistad o la enemistad, la armonía o el conflicto. Es cierto que debe decirse la verdad, pero la falta de acierto en la forma de expresarla, o la falta de oportunidad en el momento y circunstancias de decirla, provoca muchas veces grandes problema.
Es cierto que hay verdades que son duras de decir o duras de escuchar, y que quizá, aun así, hay que decirlas, pero todos hemos de aprender a hablar de manera que nuestras palabras no despierten la defensividad del interlocutor, es decir, que quien las escucha no las perciba como hostilidad o como provocación. Hay muchas formas de decir lo mismo, y normalmente no hay necesidad de hacer antipática la verdad. La verdad es como una joya, que puede lanzarse contra el rostro de alguien, para herirle, o bien ser presentada y ofrecida de modo afable, con la consideración que merece.
La mayoría de los que presumen de andar por la vida cantando las verdades a todo el mundo, lo que quizá no dicen o no saben es que lo que les mueve a hacerlo no es su amor a la verdad, sino su afán de impresionar a los demás, cosa que parece que les encanta. Quizá creen que quedan muy bien, que quedan por encima, cuando la realidad es que suelen hacer el ridículo y, sobre todo, no convencen a nadie. La razón expresada con malos modos no persuade, sino que enfurece y encona. Todos necesitamos de indulgencia, y –como decía Menéndez y Pelayo– el que no la otorga a los demás, difícilmente la encontrará luego para sí mismo.
Sería interesante examinar con qué cuidado tratamos a cada uno, si tenemos la suficiente consideración con todos, si hablamos a todos y de todos con respeto y aprecio, si actuamos con justicia y lealtad. Y quizá con más razón en su ausencia: de manera que, si el interesado estuviera presente, quedara agradecido por el modo en que se habla de él.(
Alfonso Aguiló www.interrogantes.net)

EL ESPIRITU

La palabra alma
Por Juan Luis Lorda Profesor Agregado de Teología dogmática, de Antropología cristiana. Universidad de Navarra .
Con las grandes palabras, especialmente si tienen mucho uso, hay que tener cuidado. Porque a medida que pasan de boca a boca y de mente a mente, se confunden, pierden sus conexiones con la realidad y flotan en el mundo de las ideas como globos a la deriva. Sugieren demasiadas cosas a la vez. Para trabajar con las grandes palabras, hay que anclarlas en la realidad: acudir a los lugares originales de donde procede su sentido. La palabra alma es una palabra enorme, un globo gigantesco. Muy venerable, porque está relacionada con lo más sublime. Pero también pintoresca, cuando la mentalidad popular se la representa como un duende dentro del hombre. Una cultura tan científica como la nuestra no está para duendes. “Entia non sunt multiplicanda praeter necessitatem” (Ockham: “no hay por qué admitir más cosas que las necesarias”). Chesterton o Tolkien protestarían al unísono, y defenderían también la necesidad de los duendes, precisamente para contrarrestar una visión exclusivamente científica del mundo. Pero yo me voy a limitar a defender la existencia del alma. Si comenzamos preguntando por lo que evoca la palabra, flotaremos. Tenemos que tomar tierra y relacionar la palabra con la realidad. En su origen, la palabra “alma” está relacionada con tres experiencias humanas muy importantes. La primera es el misterio de la vida y la diferencia entre la vida y la muerte. La segunda es la pregunta por el más allá, y en concreto por la supervivencia personal. La tercera se refiere a lo característico del espíritu humano, a la vida de la inteligencia y al ejercicio de la libertad y de la creatividad. No se trata de duendes. La vida tiene una maravillosa riqueza de propiedades. Hay muchos cuentos donde los protagonistas se suben a una roca y resulta ser un elefante o creen llegar a una isla y se encuentran sobre el caparazón de una tortuga. Desde luego, en los cuentos y en la realidad, hay mucha diferencia entre subirse a un montón de tierra o a un elefante. El elefante o la tortuga pueden hacer cosas que no cabe esperar de la montaña o la isla. El niño que está entusiasmado con su perrito se llevará un disgusto terrible si se le muere: se acabaron los juegos, se acabó el correr, se acabó esa mirada y los saltos de alegría cuando vuelve a casa. Al tocar el cuerpo frío del animal, notará la diferencia. Se asomará a la tragedia de la muerte, a esa amenaza tan tremenda para lo vivo. El cuerpo inmóvil que tiene delante, parece el mismo, pero ya no es el mismo. Ha dejado de estar animado: ha perdido la vida. En este primer sentido, alma es lo mismo que animación. Todo lo vivo está “animado”. Es lo que se ve a simple vista. Como vivimos en una sociedad ilustrada por los conocimientos científicos, ya no podemos quedarnos con lo que se ve a simple vista. Sabemos mucho más sobre la realidad. Esto es una ventaja, pero también un inconveniente. Desde luego, saber más, es siempre una ventaja. El inconveniente consiste en que el conocimiento de los detalles puede impedirnos la visión de conjunto. Los árboles pueden ocultarnos el bosque: el bosque sólo se ve a simple vista, sin análisis. LA MATERIALa mentalidad científica moderna es, en mucha parte, “constructivista”, perdón por la palabra. Es decir, entiende que explicar una cosa es lo mismo que decir cómo está hecha, cuáles son sus componentes y como se combinan. Desde luego una gran parte de la ciencia moderna, la química, la física atómica y la biología, han progresado a base de analizar los compuestos y encontrar los elementos y su estructura. Esto lleva a que muchas personas con mentalidad científica al ver la realidad, piensen siempre en su composición. Ven un mineral y recuerdan de qué está compuesto. Ven un árbol y recuerdan sus estructuras. Y lo mismo al ver un perro o una persona. Hoy sabemos que, con diferentes grados de complejidad, todo está compuesto de los mismos elementos de la tabla periódica que puso en orden, hace más de cien años, Mendeleiev (+ 1907). Cuando una persona con mentalidad científica ve que muere un animal o una persona, piensa en las alteraciones orgánicas que se han producido y que hacen imposible la vida. Tiene razón: para explicar la muerte basta fijarse en la alteración de los componentes orgánicos. El problema es que, cuando ven un ser vivo o a una persona piensan que está vivo sólo porque está construido con estos componentes. Y lo ven como si fuera una enorme estructura bioquímica que funciona ordenadamente. Muchos dirán que, “en el fondo”, es una aglomeración de materiales que funciona gracias a las propiedades físicas y químicas de sus elementos. Y aquí no tienen razón. O, por decirlo mejor, tienen sólo una parte pequeña de razón. Porque esta explicación es muy reductiva: oculta el misterio de la vida. Es como si dijéramos que El Quijote es un conjunto ordenado de letras o una casa un conjunto ordenado de materiales de construcción. Es verdad, pero ocultamos mucha más verdad de la que decimos. Ningún materialista aceptaría de buen humor que le cambiaran a su hijo por un cubo de agua y un saquito de polvo. Y, sin embargo, es verdad que, desde el punto de vista de los materiales, el hijo es, “en el fondo”, como toda la materia viva, 80 por ciento de agua y unos pocos kilos de calcio, carbono y otros elementos químicos. Si fuera consecuente con lo que piensa, tendría que aceptar el cambio sin pestañear. Pero algo nos dice que no aceptaría. Y hace bien. Quizá defienda en teoría que es lo mismo, pero no se atreverá a vivir como si fuera lo mismo. Sólo unos pocos canallas en la historia han sido capaces de ser consecuentes hasta el final. Los demás se han sentido paralizados por sus sentimientos humanitarios, por su intuición espontánea sobre las cosas. Es que algo no cuadra. Quizá los árboles nos ocultan el bosque. LA FORMA¿Por qué la materia organizada y en funcionamiento es más que la materia suelta? Plantearse la pregunta así, honradamente, ya es un gran paso, casi una voltereta, porque nos puede llevar a ver las cosas al revés. Pero es la única manera de defender que el hijo “es más” que el cubo de agua y el saquito de polvo. Bien mirado, es asombroso que la naturaleza resulte ser como un inmenso juego de construcción, con tanta complejidad y con tantísimas propiedades. Esto lo entienden mejor los aficionados a las arquitecturas y los mecanos. Hay muchos juegos de construcción muy buenos. Y se pueden hacer muchas cosas con piezas simples. Aunque, desde luego, no tantas cosas como las que hace la naturaleza. No se vende ningún juego con unas piezas tan polivalentes, capaces de formar tan sorprendentes estructuras. No existe un juego que permita construir un perro ni nada parecido. Hay mecanos que permiten construir coches. Te dan las piezas y los planos para ponerlas en su sitio. Si tienes imaginación, puedes construir también cosas que no están previstas en los juegos de construcción: palacios estupendos o mecanismos curiosos. Caben variantes sin límite, infinitas. Sólo estás limitado por las posibilidades de las piezas. Pero ningún juego de arquitectura permite construir, por ejemplo, un motor de explosión. Las piezas no tienen las propiedades mecánicas y térmicas necesarias. Si tuviéramos piezas de metales muy resistentes y con la forma adecuada, podríamos acoplarlas y hacer un motor de explosión. Pero sólo si tienen la forma adecuada. No sirve cualquier pieza. Para hacer un motor de explosión, primero necesitamos la idea del motor de explosión y luego, con poca libertad, podemos hacer las piezas. Lo curioso es que aquí vamos en sentido contrario que el análisis científico normal. No explicamos el motor por las piezas que lo componen, sino al revés: las características de las piezas se explican porque las necesitamos para el motor. Lo que manda es la idea del motor. Sería ridículo explicar el motor de explosión diciendo que es una acumulación de piezas. Antes que nada, el motor es una idea. Podemos hacer las piezas con distintas formas y materiales, pero tenemos que respetar la idea. Se da la curiosa circunstancia de que las propiedades del motor de explosión son propiedades de la idea del motor, no de las piezas. Las piezas sueltas no tienen esas propiedades: si alguien las viera sueltas, no podría deducir las propiedades del motor. Sólo cuando están unidas según la idea del motor, tienen las propiedades del motor. El motor tiene más propiedades que las piezas. Las personas con mentalidad exclusivamente científica están acostumbradas a explicar la vida por sus elementos. Y dicen que todo es, en el fondo, una combinación de piezas elementales con propiedades elementales. Todo lo de arriba se explica por lo de abajo; y, en el fondo, se reduce a lo de abajo. Lo verdaderamente real es lo de abajo. . Esto lo dicen científicos serios (S. W. Hawking, S. Weinberg, F. Crick) y también otros (C. Sagan, E. O. Wilson, R. Dawkins) que se dedican a la divulgación de la ciencia y a la extrapolación (a veces incontrolada) de los conocimientos. Pero es un reduccionismo, tan grande como explicar una casa sólo por sus ladrillos o El Quijote por sus letras. Es más: pudiera ser muy bien que el mundo se explicara al revés, como el motor. Que las características de las piezas elementales se expliquen por las ideas superiores. Puede ser que haya que comprender los elementos de la materia como las piezas de algo superior, que tiene muchas más propiedades que las piezas. Si no, no se puede justificar la extraordinaria capacidad y polivalencia de este juego de construcción. Es interesante notar que las ideas, las formas tienen propiedades (el motor de explosión). Aprovechan las propiedades de sus componentes, pero se comportan como un conjunto que tiene más propiedades que sus componentes. En la misteriosa diferencia entre lo vivo y lo muerto, sucede esto, con un nivel de complejidad fabuloso. Lo vivo, con todo el organismo en su sitio, tiene muchas más propiedades y muy superiores a lo no vivo. A esto, se le llama, a veces, emergentismo (M. Bunge): aunque la palabra sugiere una dirección de abajo arriba. Quizá haya que dar la vuelta. Quizá sea más sensato pensar que los elementos de la materia son, en realidad, las piezas de lo vivo. Si la idea de lo vivo no estuviera de alguna forma prevista en el juego de construcción, ¿cómo se va a producir ese enorme salto hacia arriba? En los juegos de construcción, nunca se producen estos saltos de calidad. Y menos por casualidad. Si metiéramos millones de piezas de arquitectura, en una hormigonera y dieran vueltas durante miles años, se produciría de vez en cuando un trozo de pared, pero nunca un castillo y mucho menos un caballo. Por más vueltas que demos. Y si metiéramos canicas, nunca se produciría nada. No hay problema en admitir que la forma de un montón de tierra se ha producido por casualidad. Pero parece absurdo decir que la forma de los seres vivos se ha producido por casualidad. Las formas superiores tienen que estar previstas de alguna manera en el juego; tienen que ser posibles. ¿No habrá que pensar el mundo desde arriba en lugar de pensarlo desde abajo?EL ESPÍRITULos seres vivos son seres animados. Y con esto se expresa toda su capacidad de obrar, de moverse, de conservarse en unas condiciones, de protegerse del medio, de alimentarse y de reproducirse. Hay un salto enorme entre las propiedades de lo vivo y lo que no está vivo. No sólo de orden de complejidad, de cantidad de materiales puestos en su sitio. Es que, además, hay “ideas nuevas”, formas superiores, con propiedades nuevas. A medida que subimos por la escala de la vida, nos encontramos con una conducta cada vez más compleja e interesante. Una conducta que no se explica por las piezas, que siempre son las mismas, sino por las formas que integran las piezas. Y llega un momento en que nos encontramos con otro salto. El nuestro. Cuando escalamos la vida orgánica, en el nivel más alto nos encontramos con la conciencia. Y entramos en un terreno increíble. Estamos acostumbrados. Ese es el problema. Vivimos ahí y todo lo contemplamos desde ahí. Nuestra conciencia tiene propiedades completamente sorprendentes, pero no nos llaman la atención, porque estamos acostumbrados a ellas. En la conciencia, se dan tres propiedades concatenadas: la inteligencia, la libertad y la causalidad espiritual o creatividad. Nuestro yo tiene las tres propiedades a la vez. La inteligencia es la capacidad de conocer y pensar con ideas abstractas. La libertad (voluntad) es la capacidad de diseñar la conducta concreta al pensarla en abstracto. La causalidad espiritual o creatividad es un efecto de todo esto. Por el dominio que tenemos sobre nuestra inteligencia y nuestro cuerpo, podemos intervenir en el mundo físico. Nos movemos en él, cambiamos las cosas de sitio, manejamos herramientas y construimos. Con esas propiedades, el ser humano ha transformado la superficie del planeta. Todo lo que vemos alrededor, todo lo que es la cultura humana, ha nacido de ideas manejadas por nuestra conciencia y ejecutadas moviendo nuestras manos (y herramientas) con un plan diseñado libremente. Nos parece normal. Pero, si lo pensamos científicamente, es extraordinario. Nuestra capacidad de formar, transmitir y manejar ideas es un misterio. También lo es nuestra capacidad de concretar previendo y diseñando nuestra conducta (libertad). Y también lo es nuestra capacidad operativa: es decir, que la conciencia mueva la materia, empezando por nuestro propio cuerpo y nuestras manos. Si hemos estudiado física, sabremos que, después de un esfuerzo de investigación gigantesco, hemos llegado a la conclusión de que todo lo que sucede en el universo se debe a la acción de cuatro fuerzas elementales. Pues bien, además de las cuatro fuerzas, está nuestra conciencia que es capaz de mover un cuerpo, el nuestro, y, a través de él, con herramientas, todo lo demás.(Por Juan Luis Lorda Profesor Agregado de Teología dogmática, de Antropología cristiana. Universidad de Navarra .)

viernes, 12 de marzo de 2010

La palabra ALMA

Con las grandes palabras, especialmente si tienen mucho uso, hay que tener cuidado. Porque a medida que pasan de boca a boca y de mente a mente, se confunden, pierden sus conexiones con la realidad y flotan en el mundo de las ideas como globos a la deriva. Sugieren demasiadas cosas a la vez. Para trabajar con las grandes palabras, hay que anclarlas en la realidad: acudir a los lugares originales de donde procede su sentido. La palabra alma es una palabra enorme, un globo gigantesco. Muy venerable, porque está relacionada con lo más sublime. Pero también pintoresca, cuando la mentalidad popular se la representa como un duende dentro del hombre. Una cultura tan científica como la nuestra no está para duendes. “Entia non sunt multiplicanda praeter necessitatem” (Ockham: “no hay por qué admitir más cosas que las necesarias”). Chesterton o Tolkien protestarían al unísono, y defenderían también la necesidad de los duendes, precisamente para contrarrestar una visión exclusivamente científica del mundo. Pero yo me voy a limitar a defender la existencia del alma. Si comenzamos preguntando por lo que evoca la palabra, flotaremos. Tenemos que tomar tierra y relacionar la palabra con la realidad. En su origen, la palabra “alma” está relacionada con tres experiencias humanas muy importantes. La primera es el misterio de la vida y la diferencia entre la vida y la muerte. La segunda es la pregunta por el más allá, y en concreto por la supervivencia personal. La tercera se refiere a lo característico del espíritu humano, a la vida de la inteligencia y al ejercicio de la libertad y de la creatividad. No se trata de duendes. La vida tiene una maravillosa riqueza de propiedades. Hay muchos cuentos donde los protagonistas se suben a una roca y resulta ser un elefante o creen llegar a una isla y se encuentran sobre el caparazón de una tortuga. Desde luego, en los cuentos y en la realidad, hay mucha diferencia entre subirse a un montón de tierra o a un elefante. El elefante o la tortuga pueden hacer cosas que no cabe esperar de la montaña o la isla. El niño que está entusiasmado con su perrito se llevará un disgusto terrible si se le muere: se acabaron los juegos, se acabó el correr, se acabó esa mirada y los saltos de alegría cuando vuelve a casa. Al tocar el cuerpo frío del animal, notará la diferencia. Se asomará a la tragedia de la muerte, a esa amenaza tan tremenda para lo vivo. El cuerpo inmóvil que tiene delante, parece el mismo, pero ya no es el mismo. Ha dejado de estar animado: ha perdido la vida. En este primer sentido, alma es lo mismo que animación. Todo lo vivo está “animado”. Es lo que se ve a simple vista. Como vivimos en una sociedad ilustrada por los conocimientos científicos, ya no podemos quedarnos con lo que se ve a simple vista. Sabemos mucho más sobre la realidad. Esto es una ventaja, pero también un inconveniente. Desde luego, saber más, es siempre una ventaja. El inconveniente consiste en que el conocimiento de los detalles puede impedirnos la visión de conjunto. Los árboles pueden ocultarnos el bosque: el bosque sólo se ve a simple vista, sin análisis(Por Juan Luis Lorda Profesor Agregado de Teología dogmática, de Antropología cristiana. Universidad de Navarra .)

miércoles, 10 de marzo de 2010

La Universidad no puede renunciar a la búsqueda de la verdad

El Papa se presentó a los profesores, investigadores y estudiantes de las universidades como "alguien que ha sido un profesor, atento al derecho de la libertad académica y a la responsabilidad ante el uso auténtico de la razón", quien "ahora es el Papa que, en su papel de pastor, es reconocido como voz competente para la reflexión ética de la humanidad".
El Papa se refirió al deseo de libertad que hace veinte años, gracias a movimientos de reforma nacidos en la Universidad checa, produjeron la “revolución de terciopelo”, que derrumbó el comunismo. Al mismo tiempo que reconocía la audacia que entonces llevó a la libertad, Benedicto XVI animó a que la libertad académica se atreva hoy a buscar la verdad. “La libertad que es la base del ejercicio de la razón –tanto en una Universidad como en la Iglesia– tiene un fin preciso: está dirigida a la búsqueda de la verdad, y como tal expresa una dimensión propia del cristianismo, que no por causalidad llevó al nacimiento de la universidad”. La misma que movió al Papa Clemente XVI a crear en 1347 la Universidad Carolina de Praga.
El Papa advirtió que la autonomía propia de una universidad puede hacerse inútil de diversos modos. Uno de ellos es el materialismo opresivo: “La gran tradición formativa, abierta a la trascendencia, que está en el origen de la Universidad en toda Europa, ha sido sistemáticamente subvertida, en esta tierra y en otras, por la reductiva ideología del materialismo, por la represión de la religión y la opresión del espíritu humano. Y, sin embargo, en 1989, el mundo fue testigo del dramático derrumbe de una ideología totalitaria fallida y del triunfo del espíritu humano”.
Por una formación humanística Otros riesgos tienen que ver con el olvido de la verdadera misión de la Universidad. Hablando a los rectores y profesores, el Papa recordó que un aspecto esencial de la misión de la universidad es la responsabilidad de iluminar las mentes y los corazones de los jóvenes, con una educación que no consiste en la mera acumulación de conocimientos y habilidades, sino en una formación humana en las riquezas de una tradición intelectual orientada a una vida virtuosa.
"Debe ser reconquistada la idea de una formación integral, basada en la unidad del conocimiento radicado en la verdad. Esto puede contrastar la tendencia, tan evidente en la sociedad contemporánea, hacia la fragmentación del saber. Con el masivo crecimiento de la información y de la tecnología nace la tentación de separar la razón de la búsqueda de la verdad".
El Papa advirtió que la razón, una vez separada de la fundamental orientación humana hacia la verdad, puede perder su dirección. Así termina cuando, bajo la apariencia de modestia, se conforma con lo parcial y lo provisional, o cuando se acaba dando igual valor a todo. "El relativismo que de ello se deriva genera un camuflaje detrás del cual pueden esconderse nuevas amenazas a la autonomía de las instituciones académicas", advirtió.
También los objetivos meramente utilitaristas pueden ser un obstáculo para la labor universitaria, una preocupación que está presente en el actual debate en Europa sobre el llamado “proceso de Bolonia”. Un eco de este problema se advierte en las palabras de Benedicto XVI cuando se preguntaba. "Si por un lado ha pasado el período de la injerencia derivada del totalitarismo, ¿no es quizás también verdad que, por otro lado, frecuentemente hoy en el mundo el ejercicio de la razón y la investigación académica están obligados –de manera sutil y a veces no tan sutil– a plegarse a las presiones de grupos de intereses ideológicos y las exigencias de objetivos utilitaristas a corto plazo o simplemente pragmáticos?".
El riesgo de la marginación de la religión Otro riesgo para la Universidad viene de la marginación de la religión. "¿Qué pasaría si, a causa del ansia de mantener una secularización radical, acabara por separarse de las raíces que le dan vida?", se interrogó. En ese caso, advirtió, "nuestras sociedades no serán más razonables o tolerantes o dúctiles, sino que se harán más frágiles y menos inclusivas, y les costará cada vez más reconocer lo que es verdadero, noble y bueno".
En este contexto de “una visión eminentemente humanística de la Universidad”, aludió brevemente a la superación de la fractura entre fe y ciencia. Recordó que esta fue “una preocupación central de mi predecesor Juan Pablo II”, que “promovió una más plena comprensión de la relación entre fe y razón, entendida como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva a la contemplación de la verdad”. “Una y otra se apoyan, cada una con su propio ámbito de acción”.
En cambio, “los que con una visión positivista proponen excluir a lo divino de la universalidad de la razón no solo niegan una de las más profundas convicciones de los creyentes, sino que terminan por impedir el diálogo de culturas que ellos mismos proponen”.
“Una comprensión de la razón cerrada a lo divino –insistió–, que relega las religiones en el ámbito de las subculturas, es incapaz de entrar en ese diálogo de las culturas del que tiene una necesidad urgente nuestro mundo”.(Benedicto XVI)

lunes, 8 de marzo de 2010

HUMANISMO

Todo humanismo remarca la centralidad del hombre, y trata de que las personas desarrollen su propio ser. Sin embargo, a lo largo de la historia, han aparecido muchos humanismos y, aunque la valoración del tema humano podría considerarse como un vago elemento común, no todos esos enfoques son iguales, ni equivalentes, desde el punto de vista moral y social. Unos llevan a un individualismo exacerbado. Otros anulan o diluyen en gran manera la libertad individual dentro de lo colectivo.
Por contraste, el humanismo cristiano, tal como se presenta en las enseñanzas sociales de la Iglesia, ofrece una visión completa de la persona: una visión que considera a la vez la dimensión individual y la social; y no reduce al hombre a un nivel puramente intramundano, sin más horizontes que los derivados de la utilidad o del hedonismo. El humanismo cristiano se opone tanto a las ideologías relativistas, como a aquellas teorías que se presentan como “neutrales”, pero que, en el fondo; destacan unos valores que fácilmente acaban por reducir a las personas a meros recursos productivos o a simples consumidores, valorándolas casi exclusivamente en su calidad de potenciales generadores de ingresos para la empresa. El humanismo cristiano aporta un sólido fundamento para cambiar una tendencia, que — como ha señalado el Papa Benedicto XVI—, al estar «profundamente marcada por un subjetivismo que tiende a desembocar en el individualismo extremo o en el relativismo, impulsa a los hombres a convertirse en única medida de sí mismos. Perdiendo de vista otros objetivos que no estén centrados en el propio yo, transformado en único criterio de valoración de la realidad y de sus propias opciones»(Mons. Javier Echevarría).

viernes, 5 de marzo de 2010

EL INFIERNO ES ESTAR SOLO

Texto inédito del Cardenal Ratzinger
“El infierno son los otros”: la conocida frase de Sartre resume como pocas el vacío y el nihilismo modernos. En 1968, en la época en que el autor francés desarrolló su obra, un joven teólogo alemán, Joseph Ratzinger, pronunciaba en Munich una conferencia en la que defendía lo contrario: El infierno es estar solo. Ahora, sus palabras forman parte del libro Perché siamo ancora nella Chiesa, recién publicado en Italia, con lecciones y textos inéditos del Cardenal Ratzinger.Entrevista al doctor por la Academia Internacional de Filosofía de Liechtenstein Guerra López sobre la encíclica Spe salvi de Benedicto XVI.

De la entrevista que el martes 22 de abril 2008 concedió Benedicto XVI a los periodistas durante el vuelo de Roma a Washington.-->
El artículo del Credo sobre el descenso del Señor a los infiernos nos recuerda que, de la revelación cristiana, forma parte no sólo el hablar de Dios, sino también su callar. Dios no sólo es la palabra comprensible, que se acerca a nosotros; también es la causa callada e inaccesible, incomprendida e incomprensible, huidiza. Ciertamente, en el cristianismo hay una primacía del logos, de la palabra con respecto al silencio: Dios ha hablado, Dios es la Palabra.
Pero tampoco debemos olvidarnos del verdadero escondimiento de Dios. Sólo cuando lo hemos conocido como silencio, podemos esperar oír también su hablar, que emana de su silencio. La cristología culmina en la Cruz, el momento de la tangibilidad del amor divino, en la muerte, en el silencio y en la oscuridad. En el grito de muerte de Jesús: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?», el secreto de Su descenso a los infiernos se hace visible como una lámpara en medio de la noche. No debemos olvidar que esta frase del Crucificado es el verso inicial de una oración de Israel, en la cual se resume de modo impresionante la necesidad y la esperanza del pueblo elegido de Dios, en apariencia profundamente abandonado por Él.
Esta oración presentada como un grito en medio de la oscuridad de Dios acaba con una exaltación de Su grandeza.Se ha dicho que, en este artículo de fe, el término infierno sería sólo una traducción errónea de sheol (en griego: hades), palabra con la cual el hebreo definía aquella condición más allá de la muerte, que se imaginaba de un modo muy vago, como una especie de existencia en la sombra, más un noser que un ser. Por tanto, la frase habría significado originalmente que Jesús entró en el sheol, o sea que murió. Puede que esto sea verdad.
Pero permanece la cuestión de qué es verdaderamente la muerte y qué sucede después, cuando alguien muere y penetra en el destino de la muerte. Todos nosotros debemos admitir nuestro embarazo ante esta pregunta. Pero quizá podríamos intentar un acercamiento partiendo del grito de Jesús. En esta última oración, así como en la escena del Monte de los Olivos, parece que el núcleo más profundo de su Pasión no es el dolor físico, si no su soledad radical, su completo abandono.
En este punto aparece verdaderamente el abismo de la soledad del hombre como tal, del hombre que en lo más íntimo está solo. Esta soledad, que por lo general es cubierta de muchos modos, significa al mismo tiempo la más profunda contradicción en la esencia del ser humano, que no puede permanecer solo, sino que tiene necesidad de comunión. Por tanto, la soledad es la esfera del miedo.
Aclarémoslo con un ejemplo. Si un niño debe caminar solo por un bosque en mitad de la noche, tiene miedo, también aunque se le haya demostrado que no tiene nada de lo que temer. En el momento en que está solo en la oscuridad y siente la soledad de manera radical, surge el miedo, el verdadero miedo del hombre, que no es miedo de algo, sino un miedo en sí mismo. El temor hacia algo determinado es, a fin de cuentas, algo inocuo; puede ser exorcizado alejando el objeto en cuestión.
Lo que aquí tenemos es algo más profundo: el hecho de que el hombre, cuando encara la soledad definitiva, no tiene miedo de algo determinado, sino que tiene miedo de la soledad, de la inquietud y de la suspensión de la propia esencia, algo que no puede ser superado racionalmente. Es el estar a solas con la muerte, la siniestra sensación de la soledad en sí misma.Debemos preguntarnos cómo puede ser superado un miedo así. El niño perderá su miedo en el momento en que haya una mano que lo tome y lo conduzca. También aquel que esté a solas con la muerte sentirá decrecer el impulso del miedo si alguien está con él. Debemos ir un poco más allá. Si existiese una soledad tal que ninguna palabra de otro pudiese llegar y tener un efecto transformante; si hubiese una suspensión de la existencia tan grave que en ese lugar no pudiera haber ningún tú, entonces tendría lugar esa verdadera y total soledad que el teólogo llama infierno.
Lo que significa este término podemos definirlo precisamente así: una soledad en la cual no puede penetrar la palabra del amor, y que significa la verdadera suspensión de la existencia. En este contexto, es preciso recordar que los poetas y los filósofos de nuestro tiempo están convencidos de que todos los encuentros entre los hombres permanecen, sustancialmente, en la superficie; nadie tendría acceso a la verdadera profundidad del otro.
Todo encuentro, aunque pueda parecer bello, a fin de cuentas no haría otra cosa que narcotizar la incurable herida de la soledad. En lo más íntimo y profundo de cada uno de nosotros habitaría el infierno, la desesperación, la soledad, que es tan indefinible como terrible. Sartre ha constituido su antropología sobre esta idea.De hecho, una cosa es cierta. Hay una noche a cuyo abandono no llega ninguna voz; hay una puerta que podemos atravesar sólo en soledad: la puerta de la muerte. La muerte es la soledad por antonomasia. Pero aquella soledad en la cual el amor no puede penetrar es el infierno.
Con esto nos situamos de nuevo en nuestro punto de partida. Cristo ha atravesado la puerta de nuestra última soledad; en su Pasión ha entrado en el abismo de nuestro ser abandonado. Allí donde no se puede escuchar ninguna voz, allí está Él. De este modo, el infierno está superado; o mejor: la muerte, que antes era el infierno, ya no lo es más. Ambas cosas no son ya lo mismo, porque en el corazón de la muerte está la vida, porque el amor habita en su corazón. El infierno es, o una clausura voluntaria o, como dice la Biblia, la segunda muerte.
Joseph Ratzinger

jueves, 4 de marzo de 2010

SENTIMIENTOS DE INSASTIFACCION

Se dice que los dinosaurios se extinguieron porque evolucionaron por un camino equivocado: mucho cuerpo y poco cerebro, grandes músculos y poco conocimiento. Algo parecido amenaza al hombre que desarrolla en exceso su atención hacia el éxito material, mientras su cabeza y su corazón quedan cada vez más vacíos y anquilosados. Quizá gozan de un alto nivel de vida, poseen notables cualidades, y todo parece apuntar a que deberían sentirse muy dichosos; sin embargo, cuando se ahonda en sus verdaderos sentimientos, con frecuencia se descubre que se sienten profundamente insatisfechos. Y la primera paradoja es que ellos mismos muchas veces no saben explicar bien por qué motivo. En algunos casos, esa insatisfacción proviene de una dinámica de consumo poco moderado. Llega un momento en que comprueban que el afán por poseer y disfrutar cada día de más cosas sólo se aplaca fugazmente con su logro, y ven cómo de inmediato se presentan nuevas insatisfacciones ante tantas otras cosas que aún no se poseen. Es una especie de tiranía (que ciertas modas y usos sociales facilitan que uno mismo se imponga), y hace falta una buena dosis de sabiduría de la vida para no caer en esa trampa (o para salir de ella), y evitarse así mucho sufrimiento inútil. En otras personas, la insatisfacción proviene de la mezquindad de su corazón. Aunque a veces les cueste reconocerlo, se sienten avergonzadas de la vida que llevan, y si profundizan un poco en su interior, descubren muchas cosas que les hacen sentirse a disgusto consigo mismas (y eso les lleva con frecuencia a maltratar a los demás, por aquello de que quien la tiene tomada consigo mismo, la acaba tomando con los demás). En cambio, quien ha sabido seguir un camino de honradez y de verdad, desoyendo las mil justificaciones que siempre parecen encubrir cualquier claudicación (“lo hace todo el mundo”, “se trata sólo de una pequeña concesión excepcional”, “no hago daño a nadie”, etc.), quien logra mantener la rectitud y rechazar esas justificaciones, se sentirá habitualmente satisfecho, porque no hay nada más ingrato que convivir con uno mismo cuando se es un ser mezquino. Otras veces, la insatisfacción se debe a algún sentimiento de inferioridad. Otras, tiene su origen en la incapacidad para lograr dominarse a uno mismo, como sucede a esas personas que son arrolladas por sus propios impulsos de cólera o agresividad, por la inmoderación en la comida o la bebida, etc., y después, una vez recobrado el control, se asombran, se arrepienten y sienten un profundo rechazo de sí mismas. También las manías son una fuente de sentimientos de insatisfacción. Si se deja que arraiguen, pueden llegar a convertirse en auténticas fijaciones que dificultan llevar una vida psicológicamente sana. Además, si no se es capaz de afrontarlas y superarlas, con el tiempo tienden a extenderse y multiplicarse. Algo parecido podría decirse de las personas que viven dominadas por sentimientos relacionados con la soledad, de los que suele costar bastante salir, unas veces por una actitud orgullosa (que les impide afrontar el aislamiento que padecen y se resisten a aceptar que estén realmente solas), otras porque no saben adónde acudir para ampliar su entorno de amistades, y otras porque les falta talento para relacionarse. Incluso personas con una intensa vida social también pueden sentirse a veces muy solas e insatisfechas: quizá porque su exuberante actividad puede ser superficial y encubrir una soledad mal resuelta; o porque sus contactos y relaciones pueden estar mantenidos casi exclusivamente por interés; o porque son personas de fama o de éxito, y perciben ese trato social como poco personal, o como adulación; etc. Y también puede suceder lo contrario, y una soledad puede ser sólo aparente: hay personas que creen importar poco a los demás, y un buen día sufren algo más extraordinario y se sorprenden de la cantidad de personas que les ofrecen su ayuda (la satisfacción que sienten entonces da una idea de la importancia de estar cerca de quien pasa por un momento de mayor dificultad). En cualquier caso, saber de dónde provienen los sentimientos de insatisfacción es decisivo para abordarlos con acierto y así gobernar con eficacia la propia vida afectiva. (FUENTE:interrogantes.net)

miércoles, 3 de marzo de 2010

¿por obligación o por cariño?

Unas son tareas ordinarias, a las que no podemos dar la vuelta: asear la casa, preparar la comida, limpiar los platos, lavar la ropa, planchar, poner orden...
Otras son tareas ocasionales: responder una carta, preparar un balance de cuentas, devolver un préstamo, llevar el coche a revisión.
En familia o en el trabajo llega la hora de distribuir tareas. A veces uno mismo se ofrece para hacer esto o lo otro. Otras veces nos ponemos de acuerdo para respetar una sana justicia “distributiva”, o un “jefe” (esperamos que bueno y aceptado por todos) decide quién hace qué cosa.
Realizar tareas, sobre todo si son rutinarias o si exigen sacrificio, cuesta. Las aceptamos porque “hay que hacerlo”, porque es imposible vivir sin comida, porque sentimos la urgencia de tener ropa limpia, porque nos angustiaría pensar que el coche tenga los frenos averiados. Pero hacer las cosas por obligación, como quien lleva sobre sus espaldas un peso del que quiere librarse cuanto antes, nos puede cansar, frustrar, oprimir.
Las tareas se llevan adelante de modo muy distinto cuando el corazón las asume desde un gesto de cariño.
Lavar la ropa es más llevadero (no dejará de ser cansado) si pensamos en la alegría de los familiares, que ven que me ofrecí a ayudarles en esto. Preparar la comida se hace con más alegría si queremos contentar a los de casa. Poner orden en la fábrica o en la oficina resulta hasta hermoso si queremos facilitar la vida de nuestros compañeros de trabajo, simplemente porque queremos que estén a gusto y porque les apreciamos sinceramente.
El modo hermoso de hacer lo mismo
Son dos perspectivas muy distintas: en una hacemos cosas, incluso muy buenas, desde el “deber por el deber”, porque toca, como quien desea cuanto antes quitarse un peso de encima; en otra, deseamos servir, ayudar, hacer más hermosa y llevadera la vida de quienes están a nuestro lado.
No siempre es fácil vivir de cariño, sobre todo cuando el tiempo ha desgastado los corazones y cuando en nuestro interior hay proyectos que entusiasman, mientras que lo “ordinario” cansa o lleva al aburrimiento.
Pero sí es hermoso tener encendido, cada día, ese afecto hacia tantas personas que se abren como flor de primavera ante el gesto de cariño que les llega desde lo más profundo de un alma buena.(fuente: fluvium.org)