A corazón abierto (programación)

domingo, 28 de febrero de 2010

DEJARSE CONVENCER



............Dejarse convencer por las razones de otros es, muchas veces –no siempre, parece obvio decirlo–, una muestra de inteligencia y de rectitud. Nuestra inteligencia se manifiesta no sólo cuando argumentamos, sino también cuando aceptamos y comprendemos los argumentos de los demás. Por eso, la educación tiene tanto que ver con ese hacernos receptivos a los razonamientos de otros. Lo razonable es aceptar que nuestra razón se ha de enriquecer con la razón de otros, con la consideración y aceptación de otros puntos de vista, otros fines, otros objetivos, otras valoraciones.
Para desarrollar realmente nuestra capacidad intelectual es preciso desarrollar nuestra capacidad de escucha. Debemos aspirar a ser persuadidos por argumentos, no sólo persuadir a los demás con nuestros argumentos. Por eso, si tenemos muy claras nuestras razones, pero tendemos a ver muy poco claras las razones de los demás, quizá es porque hace tiempo que hemos limitado mucho nuestra capacidad de aprender.
Quizá buena parte de la culpa de ese fenómeno es que está mal visto aceptar que uno ha sido persuadido por las razones de otro. Como si cambiar de opinión implicara usar poco la razón. Efectivamente, el mundo está lleno de personas que se enorgullecen de pensar lo mismo que pensaban hace veinte o treinta años, y en algunos casos eso puede ser una manifestación de sensatez y fidelidad a los propios principios, pero en otros muchos, probablemente, demuestre que ni ahora ni entonces han pensado demasiado. Parecen invulnerables a cualquier argumentación, y eso no es algo de lo que se deba presumir.(FUENTE: Alfonso Aguiló http://www.interrogantes.net/

jueves, 25 de febrero de 2010

El corazón de la familia


He constatado en diversas ocasiones que, al preguntar a padres y madres sobre lo que desean para sus hijos, la gran mayoría contesta que quieren que sean felices. Es natural que así sea, los seres humanos hemos sido creados para ser felices; añoramos esa "felicidad perdida" y no sólo para nosotros sino para nuestros seres queridos, y más para quienes dependen de nosotros.
La unanimidad de la primera pregunta comienza a romperse cuando preguntas a los mismos padres en qué consiste eso de la felicidad, y se complica mucho más cuando se trata de saber qué hacer para ser feliz.
Lo radical suele tener mala prensa y, obviamente, es un mal cuando sirve para atacar y no respetar a otros. Hoy se ha encumbrado lo moderado y lo "light". Sin embargo lo radical no es algo malo, hace referencia a la raíz de las cosas y es muy útil para llegar a lo nuclear de las cuestiones. Cuando se trata de educar a los hijos, de ayudarles a ser felices, de orientarles para que encuentren su camino; hay que ser radical, hay que ir a lo nuclear y no distraerse con lo accesorio.
Corremos el riesgo de quedarnos en las recetas, en las funciones, encargos, roles y esto no basta, hay que ir al fondo. Hace falta contestar a preguntas fundamentales sobre la persona, si no lo hacemos así estaremos simplemente poniendo parches.
Para formar una familia y ayudar a los hijos a ser felices los padres debemos plantearnos la base sobre la que construimos.
En una sociedad eminentemente utilitarista todo se juzga a la luz de resultados medibles o rentables. Lo que puede ser razonable en ciertos aspectos de la vida no lo es tanto si se aplica a las relaciones humanas entre las cuales ocupan un lugar preeminente el matrimonio y la familia. La mentalidad utilitarista se limita a los resultados y para ello diseña estrategias y resuelve problemas haciendo de las relaciones humanas algo mecánico y tabulado.

La dimensión humana
Las relaciones entre las personas son mucho más ricas y complejas. Esconden misterio, libertad y anhelos. Para que sean propiamente humanas necesitan situarse en otra dimensión que es la propia del hombre, hace falta utilizar la lógica del amor.
Un matrimonio, una familia en la que impere la lógica del amor está en una mejor situación para educar. Hay que volver a la realidad original de lo que significan matrimonio y familia: la comunión de personas y la entrega incondicional por encima de los personalismos, egoísmos y limitaciones.
En nuestra sociedad existen muchas personas que han sufrido una experiencia negativa del amor y por ello consideran imposible darse a sí mismos. Esto ha generado uno de los mayores males de nuestra sociedad, el escepticismo.
Todos añoramos ser mejores y seguramente hemos experimentado que eso implica pensar menos en nosotros y entregarnos a los demás. Sin embargo cuántas veces no lo creemos posible y, o no sabemos o no nos atrevemos. La grandeza del matrimonio y familia es precisamente que son el lugar ideal para esa entrega incondicional al otro y por ello son absolutamente liberadores.
Situados en la dimensión del amor habremos creado el clima ideal para educar y estaremos en disposición de abordar el día a día, la solución o prevención de problemas. No estaremos buscando la mera eficacia o resolución de problemas sino que veremos a cada persona, cónyuge o hijo, con ojos humanos(fuente: fluvium.org -Anibal Cuevas)

martes, 23 de febrero de 2010

La velocidad de cambio, en las últimas décadas, y en todos los campos alcanza los mayores record. Lo nuevo ayer ya es viejo, los descubrimientos y los adelantos científicos en Biología, Genética, ordenadores o robotización superan todas las previsiones.

Educar es una ciencia y un arte
Todas las personas somos diferentes, irrepetibles, únicos, educar es una ciencia y un arte; un arte porque no hay reglas fijas, cada caso, cada circunstancia, son diferentes. Pero, a su vez, es una ciencia y como tal es necesario conocerla, estudiarla y dedicarle horas de trabajo.
Nadie nace sabiendo, y hoy día la experiencia heredada de nuestros padres en el área de la educación no es suficiente, se puede decir que, a veces, puede ser contraproducente. Nuestros padres educaban por intuición, por Instinto Guía, dirían hoy, y esta fórmula resultaba valida en su momento, aunque hoy podríamos calificarla de peligrosa.
No podemos resignarnos ante la evidencia de ver que, de cuatro hijos, uno no responde a los patrones de persona libre y responsable. Precisamente de estos cuatro hijos lo lógico es que salgan los cuatro adelante y lo contrario solo debe ser la excepción que nos confirma como seres libres.
La educación de la voluntad, es decir, ser ético, moral en el actuar y saber comportarse como un ser libre y responsable, son términos que, a veces, quedan enmascarados en el ambiente actual.
Estamos admitiendo como “licitas” acciones que no son naturalmente buenas. Estamos viviendo una crisis de valores que nos conduce a salirnos de los caminos naturales y el resultado es la autodestrucción. No se puede ir contra la Naturaleza,
Hay que volver a dar importancia a la educación de las personas en su sentido más profundo y trascendental. Dios existe y tenemos que educar cara a Dios.
La familia es una institución de derecho natural. Hay que ser capaces de encauzar a la sociedad por caminos rectos. Los cambios de estructuras que ayuden a desarrollar la familia deben ser apoyados; familia, escuela y ambiente han evolucionado, pero hay unos valores intangibles que es preciso mantener para que la educación sea real y completa.
El vacío existencial, que tantas batallas esta ganando entre las nuevas generaciones, hemos de sustituirlo por una razón de existir que merezca la pena.
Es verdad que educar hoy es diferente, que el ambiente, a veces, juega en contra; pero también es cierto que tenemos al alcance de la mano unos conocimientos capaces de convertir lo difícil en posible, lo deseable en alcanzable.
Es un problema de tomar conciencia de que tenemos que educar en serio y tener esperanza. Existen instrumentos exteriores suficientes para poder afirmar que el éxito esta a nuestro alcance.“Nuestros padres nos educaron bien por intuición” pero “Educar hoy… es diferente”, y querer hacerlo sin una buena preparación debemos considerarlo como una insensatez que puede traer irreversibles consecuencias.(fuente: Instituto Europeo de Estudios de la Educación).

lunes, 22 de febrero de 2010

la mentira

Cuando una persona falta a la sinceridad, manifiesta, entre otras cosas, una cómoda tendencia a las soluciones fáciles y limitadas al presente. Se busca salir del paso, evitarse una incomodidad, satisfacer un deseo torpe. Y lo peor es que, normalmente, lleva al final a un callejón sin salida, porque la mentira tiene una validez muy corta, y para mantener la mentira enseguida uno se ve empujado a mentir más, y eso conduce a la soledad de quien está constantemente teniendo que "actuar". Por eso decía Jankélévitch que uno de los más duros castigos del mentiroso es la pérdida de su propia identidad. El mentiroso está encerrado en una soledad autofabricada de la que no sabe bien cómo salir. Le cuesta sincerarse, porque piensa que se le viene abajo el edificio de su vida, cuando lo cierto es que la sinceridad es el único modo de reedificarlo. (fuente:fluvium.org)

viernes, 19 de febrero de 2010

¿Piensan los jóvenes?



La impresión prácticamente unánime de quienes convivimos a diario con jóvenes es que, en su mayor parte, han renunciado a pensar por su cuenta y riesgo. Con toda seguridad este es el permanente ideal de todos los que se dedican a la enseñanza, al menos en los niveles superiores. Sin embargo, la experiencia habitual nos muestra que la mayor parte de los jóvenes no desea tener pensamientos propios, porque están persuadidos de que eso genera problemas. "Quien piensa se raya" -dicen en su jerga-, o al menos corre el peligro de rayarse y, por consiguiente, de distanciarse de los demás. Muchos recuerdan incluso que en las ocasiones en que se propusieron pensar experimentaron el sufrimiento o la soledad y están ahora escarmentados. No merece la pena pensar -vienen a decir- si requiere tanto esfuerzo, causa angustia y, a fin de cuentas, separa de los demás. Más vale vivir al día, divertirse lo que uno pueda y ya está.
En consonancia con esta actitud, el estilo de vida juvenil es notoriamente superficial y efímero; es enemigo de todo compromiso. Los jóvenes no quieren pensar porque el pensamiento -por ejemplo, sobre las graves injusticias que atraviesan nuestra cultura- exige siempre una respuesta personal, un compromiso que sólo en contadas ocasiones están dispuestos a asumir. No queda ya ni rastro de aquellos ingenuos ideales de la revolución sesentayochista de sus padres y de los mayores de cincuenta años. "Ni quiero una chaqueta para toda la vida -escribía una valiosa estudiante de Comunicación en su blog- ni quiero un mueble para toda la vida, ni nada para toda la vida. Ahora mismo decir toda la vida me parece decir demasiado. Si esto sólo me pasa a mí, el problema es mío. Pero si este es un sentimiento generalizado tenemos un nuevo problema en la sociedad que se refleja en cada una de nuestras acciones. No queremos compromiso con absolutamente nada. Consumimos relaciones de calada en calada, decimos "te quiero" demasiado rápido: la primera discusión y enseguida la relación ha terminado. Nos da miedo comprometernos, nos da miedo la responsabilidad de tener que cuidar a alguien de por vida, por no hablar de querer para toda la vida".
El temor al compromiso de toda una generación que se refugia en la superficialidad, me parece algo tremendamente peligroso. No puede menos que venir a la memoria el lúcido análisis de Hannah Arendt sobre el mal. En una carta de marzo de 1952 a su maestro Karl Jaspers escribía que "el mal radical tiene que ver de alguna manera con el hacer que los seres humanos sean superfluos en cuanto seres humanos". Esto sucede -explicaba Arendt- cuando queda eliminada toda espontaneidad, cuando los individuos concretos y su capacidad creativa de pensar resultan superfluos. Superficialidad y superfluidad -añado yo- vienen a ser en última instancia lo mismo: quienes desean vivir sólo superficialmente acaban llevando una vida del todo superflua, una vida que está de más y que, por eso mismo, resulta a la larga nociva, insatisfactoria e inhumana.
De hecho, puede decirse sin cargar para nada las tintas que la mayoría de los universitarios de hoy en día se consideran realmente superfluos tanto en el ámbito intelectual como en un nivel más personal. No piensan que su papel trascienda mucho más allá de lograr unos grados académicos para perpetuar quizás el estatus social de sus progenitores. No les interesa la política, ni leen los periódicos salvo las crónicas deportivas, los anuncios de espectáculos y algunos cotilleos. Pensar es peligroso, dicen, y se conforman con divertirse. Comprometerse es arriesgado y se conforman en lo afectivo con las relaciones líquidas de las que con tanto éxito ha escrito Zygmunt Bauman.
Resulta muy peligroso -para cada uno y para la sociedad en general- que la gente joven en su conjunto haya renunciado puerilmente a pensar. El que toda una generación no tenga apenas interés alguno en las cuestiones centrales del bien común, de la justicia, de la paz social, es muy alarmante. No pensar es realmente peligroso, porque al final son las modas y las corrientes de opinión difundidas por los medios de comunicación las que acaban moldeando el estilo de vida de toda una generación hasta sus menores entresijos. Sabemos bien que si la libertad no se ejerce día a día, el camino del pensamiento acaba siendo invadido por la selva, la sinrazón de los poderosos y las tendencias dominantes en boga.
Pero, ¿qué puede hacerse? Los profesores sabemos bien que no puede obligarse a nadie a pensar, que nada ni nadie puede sustituir esa íntima actividad del espíritu humano que tiene tanto de aventura personal. Lo que sí podemos hacer siempre es empeñarnos en dar ejemplo, en estimular a nuestros alumnos -como aspiraba Wittgenstein- a tener pensamientos propios. Podremos hacerlo a menudo a través de nuestra escucha paciente y, en algunos casos, invitándoles a escribir. No se trata de malgastar nuestra enseñanza lamentándonos de la situación de la juventud actual, sino que más bien hay que hacerse joven para llegar a comprenderles y poder establecer así un puente afectivo que les estimule a pensar.(FUENTE: Jaime Nubiola-Profesor de FilosofíaUniversidad de Navarra)

EL HOMBRE BURBUJA (TOMAS SALAS)



Una noche sentado en una terraza de verano observé una escena que me llamó la atención y me suscitó cierta reflexión. Había varios jóvenes —creo que eran cuatro— alrededor de una mesa. Cada uno de ellos estaba ensimismado mirando y tecleando en su móvil. ¿Llamaban, jugaban, buscaban alguna información? Da un poco lo mismo; el hecho es que se comportaban como si estuviesen solos. No había una palabra, un gesto, ni siquiera una mirada hacia los compañeros. Esto es una anécdota, pero también un indicio de un fenómeno que se va generalizando. Es frecuente ver a jóvenes enganchados a sus MP3, andando un poco somnámbulamente entre la gente. O a chicos jugando con su PSP (perdón por la ensalada de siglas) ensimismados, solitarios.
También son muchos los adultos que pasan horas y horas delante del ordenador, asomados a ese mundo mágico de la Red, donde está todo, pero donde todo tiene un aire fantasmal, o que pasan gran parte de sus vidas hablando por sus móviles, gesticulando solos como locos que hablan con un fantasma. Hay jóvenes que se pasan las horas encerrados en su cuarto, comunicándose por chat con sus amigos o navegando por la Red sin tener un rumbo fijo. Los auriculares se han convertido en un elemento común en nuestra vida cotidiana; se usan para todo: para oír la radio, ver la tele, oír música. Cada vez se ve más gente que pasa por el mundo con un aire un poco fantasmal, como encerrados en una burbuja. Como si el mundo exterior les resultara agresivo e inhóspito y quisieran encerrarse como el caracol en su concha.
La cosa no es nueva
El fenómeno no es nuevo. Ya los pensadores alemanes Adorno y Horkheimer, en una obra de 1947, en plena resaca de la II Guerra Mundial, hablan de cómo las paredes de cristal de las oficinas separan a los empleados, o como el coche, al sustituir al tren, aísla a los viajeros. En los años 40 todavía no existían los móviles ni los ordenadores, pero ya se advertía que el progreso puede separar a los hombres, que la tecnología, como todo lo humano, tiene su cara amable y sus peligros. Vivir rodeados de tanta realidad virtual, protegidos por tanto muro, puede hacernos perder la referencia de nuestro propio lugar en el mundo. Hacernos olvidar nuestra condición de seres comunicativos y abiertos a la realidad y a los demás. Encerrarnos en la burbuja donde sólo se ve nuestra propia imagen deformada y sólo se oye el eco de una voz maligna y embustera que nos dice: «todo es mentira». (fuente: TOMAS SALAS)