A corazón abierto (programación)

miércoles, 30 de septiembre de 2009

¿Es posible tomar decisiones irrevocables?

MATRIMONIO
— ¿Es posible tomar decisiones irrevocables?; contraer un compromiso definitivo, ¿no supera los límites de nuestra libertad, pidiendo a las personas algo que de suyo sería inhumano?—

¿Qué medios requiere el cuidado del amor conyugal para que se pueda recuperar, se le ayude a crecer y llegue a la madurez?

La libertad no tiene sentido al margen de la verdad.
Es frecuente escuchar: “no somos como un río, que no puede volver atrás”. Ciertamente el ser humano tiene poco que ver con un rio, sus decisiones no son siempre irrevocables; el ser humano es libre, puede decir donde dije “digo”, digo “Diego”; tiene la capacidad de corregirse y esto puede ser meritorio. Pero el mérito no lo da el hecho de corregirse. Cuántas veces hemos lamentado repasar demasiado una pregunta tipo test de un examen, para acabar dando una respuesta distinta a la inicial que era la correcta.

Corregirse en sí mismo no es un mérito. Es fácil estar de acuerdo en que tomar decisiones sin motivo alguno –al margen de la verdad– no es lo más apropiado al ser humano; o emitir juicios manifiestamente erróneos no parece que sea lo que conviene a la persona. Empecinarse en que dos más dos es igual a cinco no parece una empresa loable. Sin embargo, es más propio del hombre aquel juicio que se ajusta a la verdad porque es humana la tendencia a la verdad; eso es algo propio del hombre. Una decisión errada merece nuestra comprensión ya que el hombre es falible; comprensión que a su vez se asienta en la verdad objetiva de la dignidad de la persona humana.

En este punto se puede hablar del sentido que tiene la revelación cristiana de verdades naturales. Dada la falibilidad del ser humano, fruto del pecado, para conocer la verdad, tenemos como ayuda la revelación.
Al abordar el tema de la libertad humana no hay que perder de vista la referencia que ésta tiene sobre la verdad. El ser humano puede rectificar porque hay algo fuera de su libertad que le sirve de referencia y esa referencia es la verdad. Cuando suspendo un examen y puedo recuperarlo estoy haciendo uso de la libertad para enmendar un error. Mientras haya vida hay esperanza; esperanza para poder cambiar, para poder mejorar. La persona humana es capaz de usar de su libertad para deshacer lo andado bajo el criterio de la verdad, reconociendo en consecuencia el error.

La verdad es algo que está en las cosas. Son lo que son y por eso son verdaderas. La verdad no la crea el hombre, la verdad está ahí en el ser de las cosas. Los hombres nos aproximamos a la verdad mediante la razón que se expresa en un lenguaje común para podernos entender. Es por tanto posible tomar decisiones irrevocables, cuando éstas se basan en la verdad.
Verdad ontológica, no lógica.
Es por eso que cabe una decisión irrevocable para contraer matrimonio: basta conocer mínimamente —esencial pero verdaderamente— lo que es el matrimonio y quién es el otro contrayente, para estar dispuesto a comprometer el amor hacia esa persona —en lo que es actualmente y en lo que puede ser (“en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad”) —.

Sobre la capacidad de compromiso me parece conveniente citar lo que muy acertadamente explican los profesores Miras y Bañares en su libro Matrimonio y familia.
Por su capacidad de compromiso, la persona puede dominar el futuroLa libertad no solo domina el tiempo presente y pasado. También permite vivir el futuro con un sentido u otro, e incluso, en cierto modo, poseerlo anticipadamente: ese es propiamente el término de la libertad.

La vía por la que el hombre se adelanta al tiempo, abarcando el futuro en un acto de presente, es el compromiso, porque supone no solo una decisión de sentido (sobre la finalidad y orientación con que se va a vivir el porvenir), sino también la decisión de deberse a esa finalidad y a los medios necesarios para alcanzarla. De este modo, el hombre progresa en su realización no solo cuando logra alcanzar un valor que le mejora, sino ya desde el momento en que decide avanzar hacia él y se compromete a dar los pasos adecuados.

Cuanto más valioso sea el valor elegido, y cuanto más intensamente se implique el sujeto, mayor realización de la libertad supondrá el compromiso personal (porque producirá un efecto intransitivo mejor).

El hombre puede proponerse, en efecto, fines muy diversos: inmediatos o a largo plazo; valiosos o de escaso valor objetivo; simplemente útiles, o determinantes del sentido de toda la existencia. El fin último en la jerarquía de fines —aquel que no se busca para ningún otro fin, sino por sí mismo, como meta absoluta—, al ser el que compromete más intensamente a la persona, tiene la capacidad de establecer el orden de los amores respecto a los demás bienes, que quedarán asumidos como medios: lo que aparta del fin último o lo obstaculiza, es rechazado por la voluntad libre, comprometida; lo que ayuda o conduce a él se quiere y se persigue, precisamente por esa razón y en esa medida.

Por eso, lo que proporciona al sujeto mayor capacidad de dar sentido a su existencia, lo que le hace conseguir mayor unidad interior y le lleva a una más perfecta realización, como persona, es proponerse un fin último que corresponda a los valores más auténticos y definitivos. Y para poder dirigirse por sí mismo hacia esos valores es necesario adquirir una visión integral de sí que se llama capacidad de autoposesión y de autogobierno. Esto es lo que permite orientar el uso de la libertad a la verdadera realización personal, sin quedar a merced de los impulsos inmediatos, de las circunstancias o de las posibilidades más fáciles o asequibles.

Desde el punto de vista del fin último se entiende bien que, para quien se sabe hijo de Dios, su vocación a la santidad comprende todos los aspectos y dimensiones de su vida, desde lo más material hasta lo más espiritual. Esa visión de fe abraza e ilumina todas las realidades que componen su existencia. La familia, la salud, el trabajo, la amistad, el dolor… todo puede convertirse en cauce de expresión del amor a Dios y a los demás. Y esta perspectiva nueva integra todas esas realidades en una profunda unidad, que promueve y facilita la unidad interior a la que nos hemos referido.

La unidad de la persona y de su acción
Esa unidad interior viene dada, en cierto grado, porque la persona es, como dijimos, fuente y origen de sus actos libres: es sujeto indivisible de esas acciones (no actúan la cabeza o la mano, sino la persona). Pero, además, la unidad interior puede ser considerada también como una meta, porque la persona está llamada a alcanzar la capacidad de autoposesión y autogobierno que hace posible el don de sí (solo se puede dar aquello que se posee) y, por tanto, la realización plena de la persona por el amor.

Entre aquella unidad interior básica, por la que la persona es sujeto de sus acciones —que es un hecho que se da por la propia naturaleza del actuar libre, lo quiera o no el sujeto— y esa segunda dimensión de la unidad interior, por la que la persona llega a ser dueña de sí, o sea, verdaderamente libre, hay una distancia que solo puede ser cubierta por un ejercicio acertado de la libertad. Por eso, la unidad interior puede y debe considerarse como una tarea. La calidad humana del desarrollo de cada persona depende de su empeño por dar un sentido valioso y coherente a sus acciones libres. Así, la persona (que es una por naturaleza) está llamada a alcanzar la plenitud de su unidad (meta) a través de su actuar-con-sentido (tarea).

Para el bautizado, la condición de hijo de Dios constituye un nuevo y definitivo nivel de unificación de la persona. En definitiva, la respuesta a la vocación que Dios dirige a cada uno consiste en procurar, con la ayuda de la gracia, ser «por dentro» enteramente de Dios, unificando potencias y sentidos con la razón iluminada por la fe, y dirigiéndolos con la voluntad, impregnada de amor de Dios. Y esa unidad interior se debe expresar «hacia fuera» como unidad de vida. Es decir, debe Ir produciendo una intensa coherencia entre la fe y las obras, que —cualquiera que sea su naturaleza— son siempre actos de un hijo de Dios que ha de vivir para hacer la voluntad del Padre, dejando que el Espíritu Santo plasme en él la imagen del Hijo...........(continua)


JBC.

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