A corazón abierto (programación)

miércoles, 30 de septiembre de 2009

Tomar una decisión irrevocable es difícil…
Con independencia de los motivos y factores que puedan intervenir —legislaciones permisivas, ambiente secularizado, ideas equivocadas de la libertad…—, el hecho es que la indisolubilidad les parece a no pocos un valor trasnochado, de otros tiempos. Existen también quienes lo ven como un ideal hermoso, deseable; pero inalcanzable en la realidad.
…pero posible.

La verdad, sin embargo, es otra, según testimonian tantas generaciones de matrimonios en todas las épocas. Que ahora haya más rupturas no significa que el hombre haya cambiado, eso demuestra, en todo caso, que el hombre no es inmune. Las circunstancias le afectan. Antiguamente había personas que morían por agentes infecciosos que ahora han sido erradicados o para los que se han encontrado remedios eficaces. A nadie se le ocurre pensar que la naturaleza humana ha cambiado: antes era vulnerable y ahora no.

Aunque a veces con dificultades, la fidelidad está al alcance de todos. No es un «ideal» al que sólo puedan aspirar algunos matrimonios especialmente privilegiados. La fidelidad es un deber asentado en la indisolubilidad del matrimonio. Propiedad de la unión matrimonial que en el matrimonio cristiano está reforzada por la acción de la gracia (cfr. c. 1056).

Explica SARMIENTO en su manual: “El matrimonio es vocación cristiana a la santidad. Es una llamada de Dios que al mismo tiempo es gracia —participación real en la indisolubilidad irrevocable con que Cristo está unido y ama a su Iglesia—, capaz de hacer permanecer a los esposos siempre fieles entre sí. «Cristo renueva el designio primitivo que el Creador ha inscrito en el corazón del hombre y de la mujer, y en la celebración del sacramento del matrimonio ofrece un “corazón nuevo”: de este modo los cónyuges no sólo pueden superar la “dureza del corazón” (cf Mt 19,8), sino que también y principalmente pueden compartir el amor pleno y definitivo de Cristo, nueva y eterna Alianza hecha carne. Así como el Señor Jesús es el “testigo fiel” (Ap 3,14), es el “si” de las promesas de Dios (cf 2 Cor 1,20) y, consiguientemente la realización suprema de la fidelidad incondicional con la que Dios ama a su pueblo, así también los cónyuges cristianos están llamados a participar realmente en la indisolubilidad irrevocable, que une a Cristo con la Iglesia, su esposa, amada por El hasta el fin (cf Jn 13,1)» (FC 20)” (p. 313).

Las exigencias propias de la indisolubilidad son parte de la vocación matrimonial. El autor anteriormente citado añade: “cuando Dios llama a una misión determinada —en este caso el matrimonio—, lo hace teniendo siempre en cuenta las coordenadas históricas —tiempo, lugar, características personales, etc…— en las que ha de dar su respuesta el que recibe la vocación. Por eso forma parte de la fidelidad a la vocación —a la fidelidad matrimonial— el esfuerzo, que, indudablemente, puede exigir no pocas veces comportamientos heroicos, para superar las dificultades y vivir las exigencias que derivan de la indisolubilidad” (p. 314).

— ¿Qué medios requiere el cuidado del amor conyugal para que se pueda recuperar, se le ayude a crecer y llegue a la madurez?

Dos tipos de medios son los que se pueden poner. Hay que poner todos los medios humanos como si no existieran los sobrenaturales y poner todos los medios sobrenaturales como si no existieran los humanos:
Medios sobrenaturales:

A)Procurar la ayuda de la Confesión y dirección espiritual.

B)Contar con la gracia de estado propia del sacramento del matrimonio: “Los matrimonios tienen gracia de estado -la gracia del sacramento- para vivir todas las virtudes humanas y cristianas de la convivencia: la comprensión, el buen humor, la paciencia, el perdón, la delicadeza en el trato mutuo. Lo importante es que no se abandonen, que no dejen que les domine el nerviosismo, el orgullo o las manías personales. Para eso, el marido y la mujer deben crecer en vida interior y aprender de la Sagrada Familia a vivir con finura -por un motivo humano y sobrenatural a la vez- las virtudes del hogar cristiano. Repito: la gracia de Dios no les falta” (Conversaciones con Mons. Josemaría Escrivá 107)

C)Crecer en la virtud de la humildad: “Otra cosa muy importante: debemos acostumbrarnos a pensar que nunca tenemos toda la razón. Incluso se puede decir que, en asuntos de ordinario tan opinables, mientras más seguro se está de tener toda la razón, tanto más indudable es que no la tenemos. Discurriendo de este modo, resulta luego más sencillo rectificar y, si hace falta, pedir perdón, que es la mejor manera de acabar con un enfado: así se llega a la paz y al cariño. No os animo a pelear: pero es razonable que peleemos alguna vez con los que más queremos, que son los que habitualmente viven con nosotros. No vamos a reñir con el preste Juan de las Indias. Por tanto, esas pequeñas trifulcas entre los esposos, si no son frecuentes -y hay que procurar que no lo sean-, no denotan falta de amor, e incluso pueden ayudar a aumentarlo” (Conversaciones con Mons. Josemaría Escrivá 108).

Medios humanos:
Que su amigo le ponga en contacto con amigos casados que puedan ayudar a este matrimonio. Fomentar la amistad con otros matrimonios.

Algunas razones e indicaciones de orden práctico para cuidar el amor conyugal:

Distinguir entre enamoramiento y amor. Enamorarse, es idealizar a alguien. No lo veo como es. Qué fácil es enamorarse y qué difícil mantenerse enamorado, porque la convivencia es punto y aparte. Es evidente que cuando vamos de visita a casa de alguien y pasamos unas horas, o un fin de semana no es difícil quedar bien. La gente dice “qué agradable es este señor, qué simpático, qué educado es…”; pero la convivencia diaria es impresionantemente compleja. Por tanto es un error pensar que con estar enamorado es suficiente para que el matrimonio funcione.

El amor es algo que hay que cuidar. El amor duradero es el que se trabaja todos los días. Y, además, que se trabaja de forma menuda, pequeña, suave. El desprecio sistemático de las cosas pequeñas arruina el amor. No hay felicidad sin amor y no hay amor sin sacrificio, sin renuncia.

Paciencia. La compenetración de caracteres es un aspecto muy importante de la vida conyugal. Esa paciencia tiene que ejercitarse sabiendo perdonar. “a lo largo de la vida habrá riñas y dificultades que, resueltas con naturalidad, contribuirán incluso a hacer más hondo el cariño (…). No os animo a pelear: pero es razonable que peleemos alguna vez con los que más queremos, que son los que habitualmente viven con nosotros. (…) Por tanto, esas pequeñas trifulcas entre los esposos, si no son frecuentes -y hay que procurar que no lo sean-, no denotan falta de amor, e incluso pueden ayudar a aumentarlo” (Conversaciones con Mons. Josemaría Escrivá 108).

Poner inteligencia en el amor. Inteligencia es: capacidad de síntesis, saber distinguir lo accesorio de lo fundamental. Poner inteligencia es también saber encontrar el momento oportuno. “Si el marido llega a casa cansado de trabajar, y la mujer comienza a hablar sin medida, contándole todo lo que a su juicio va mal, ¿puede sorprender que el marido acabe perdiendo la paciencia? Esas cosas menos agradables se pueden dejar para un momento más oportuno, cuando el marido esté menos cansado, mejor dispuesto” (Conversaciones con Mons. Josemaría Escrivá 107). “Es preciso aprender a callar, a esperar y a decir las cosas de modo positivo, optimista. Cuando él se enfada, es el momento de que ella sea especialmente paciente, hasta que llegue otra vez la serenidad; y al revés” (Conversaciones con Mons. Josemaría Escrivá 108).
Jordi Bosch Carrera.

¿Es posible tomar decisiones irrevocables?

MATRIMONIO
— ¿Es posible tomar decisiones irrevocables?; contraer un compromiso definitivo, ¿no supera los límites de nuestra libertad, pidiendo a las personas algo que de suyo sería inhumano?—

¿Qué medios requiere el cuidado del amor conyugal para que se pueda recuperar, se le ayude a crecer y llegue a la madurez?

La libertad no tiene sentido al margen de la verdad.
Es frecuente escuchar: “no somos como un río, que no puede volver atrás”. Ciertamente el ser humano tiene poco que ver con un rio, sus decisiones no son siempre irrevocables; el ser humano es libre, puede decir donde dije “digo”, digo “Diego”; tiene la capacidad de corregirse y esto puede ser meritorio. Pero el mérito no lo da el hecho de corregirse. Cuántas veces hemos lamentado repasar demasiado una pregunta tipo test de un examen, para acabar dando una respuesta distinta a la inicial que era la correcta.

Corregirse en sí mismo no es un mérito. Es fácil estar de acuerdo en que tomar decisiones sin motivo alguno –al margen de la verdad– no es lo más apropiado al ser humano; o emitir juicios manifiestamente erróneos no parece que sea lo que conviene a la persona. Empecinarse en que dos más dos es igual a cinco no parece una empresa loable. Sin embargo, es más propio del hombre aquel juicio que se ajusta a la verdad porque es humana la tendencia a la verdad; eso es algo propio del hombre. Una decisión errada merece nuestra comprensión ya que el hombre es falible; comprensión que a su vez se asienta en la verdad objetiva de la dignidad de la persona humana.

En este punto se puede hablar del sentido que tiene la revelación cristiana de verdades naturales. Dada la falibilidad del ser humano, fruto del pecado, para conocer la verdad, tenemos como ayuda la revelación.
Al abordar el tema de la libertad humana no hay que perder de vista la referencia que ésta tiene sobre la verdad. El ser humano puede rectificar porque hay algo fuera de su libertad que le sirve de referencia y esa referencia es la verdad. Cuando suspendo un examen y puedo recuperarlo estoy haciendo uso de la libertad para enmendar un error. Mientras haya vida hay esperanza; esperanza para poder cambiar, para poder mejorar. La persona humana es capaz de usar de su libertad para deshacer lo andado bajo el criterio de la verdad, reconociendo en consecuencia el error.

La verdad es algo que está en las cosas. Son lo que son y por eso son verdaderas. La verdad no la crea el hombre, la verdad está ahí en el ser de las cosas. Los hombres nos aproximamos a la verdad mediante la razón que se expresa en un lenguaje común para podernos entender. Es por tanto posible tomar decisiones irrevocables, cuando éstas se basan en la verdad.
Verdad ontológica, no lógica.
Es por eso que cabe una decisión irrevocable para contraer matrimonio: basta conocer mínimamente —esencial pero verdaderamente— lo que es el matrimonio y quién es el otro contrayente, para estar dispuesto a comprometer el amor hacia esa persona —en lo que es actualmente y en lo que puede ser (“en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad”) —.

Sobre la capacidad de compromiso me parece conveniente citar lo que muy acertadamente explican los profesores Miras y Bañares en su libro Matrimonio y familia.
Por su capacidad de compromiso, la persona puede dominar el futuroLa libertad no solo domina el tiempo presente y pasado. También permite vivir el futuro con un sentido u otro, e incluso, en cierto modo, poseerlo anticipadamente: ese es propiamente el término de la libertad.

La vía por la que el hombre se adelanta al tiempo, abarcando el futuro en un acto de presente, es el compromiso, porque supone no solo una decisión de sentido (sobre la finalidad y orientación con que se va a vivir el porvenir), sino también la decisión de deberse a esa finalidad y a los medios necesarios para alcanzarla. De este modo, el hombre progresa en su realización no solo cuando logra alcanzar un valor que le mejora, sino ya desde el momento en que decide avanzar hacia él y se compromete a dar los pasos adecuados.

Cuanto más valioso sea el valor elegido, y cuanto más intensamente se implique el sujeto, mayor realización de la libertad supondrá el compromiso personal (porque producirá un efecto intransitivo mejor).

El hombre puede proponerse, en efecto, fines muy diversos: inmediatos o a largo plazo; valiosos o de escaso valor objetivo; simplemente útiles, o determinantes del sentido de toda la existencia. El fin último en la jerarquía de fines —aquel que no se busca para ningún otro fin, sino por sí mismo, como meta absoluta—, al ser el que compromete más intensamente a la persona, tiene la capacidad de establecer el orden de los amores respecto a los demás bienes, que quedarán asumidos como medios: lo que aparta del fin último o lo obstaculiza, es rechazado por la voluntad libre, comprometida; lo que ayuda o conduce a él se quiere y se persigue, precisamente por esa razón y en esa medida.

Por eso, lo que proporciona al sujeto mayor capacidad de dar sentido a su existencia, lo que le hace conseguir mayor unidad interior y le lleva a una más perfecta realización, como persona, es proponerse un fin último que corresponda a los valores más auténticos y definitivos. Y para poder dirigirse por sí mismo hacia esos valores es necesario adquirir una visión integral de sí que se llama capacidad de autoposesión y de autogobierno. Esto es lo que permite orientar el uso de la libertad a la verdadera realización personal, sin quedar a merced de los impulsos inmediatos, de las circunstancias o de las posibilidades más fáciles o asequibles.

Desde el punto de vista del fin último se entiende bien que, para quien se sabe hijo de Dios, su vocación a la santidad comprende todos los aspectos y dimensiones de su vida, desde lo más material hasta lo más espiritual. Esa visión de fe abraza e ilumina todas las realidades que componen su existencia. La familia, la salud, el trabajo, la amistad, el dolor… todo puede convertirse en cauce de expresión del amor a Dios y a los demás. Y esta perspectiva nueva integra todas esas realidades en una profunda unidad, que promueve y facilita la unidad interior a la que nos hemos referido.

La unidad de la persona y de su acción
Esa unidad interior viene dada, en cierto grado, porque la persona es, como dijimos, fuente y origen de sus actos libres: es sujeto indivisible de esas acciones (no actúan la cabeza o la mano, sino la persona). Pero, además, la unidad interior puede ser considerada también como una meta, porque la persona está llamada a alcanzar la capacidad de autoposesión y autogobierno que hace posible el don de sí (solo se puede dar aquello que se posee) y, por tanto, la realización plena de la persona por el amor.

Entre aquella unidad interior básica, por la que la persona es sujeto de sus acciones —que es un hecho que se da por la propia naturaleza del actuar libre, lo quiera o no el sujeto— y esa segunda dimensión de la unidad interior, por la que la persona llega a ser dueña de sí, o sea, verdaderamente libre, hay una distancia que solo puede ser cubierta por un ejercicio acertado de la libertad. Por eso, la unidad interior puede y debe considerarse como una tarea. La calidad humana del desarrollo de cada persona depende de su empeño por dar un sentido valioso y coherente a sus acciones libres. Así, la persona (que es una por naturaleza) está llamada a alcanzar la plenitud de su unidad (meta) a través de su actuar-con-sentido (tarea).

Para el bautizado, la condición de hijo de Dios constituye un nuevo y definitivo nivel de unificación de la persona. En definitiva, la respuesta a la vocación que Dios dirige a cada uno consiste en procurar, con la ayuda de la gracia, ser «por dentro» enteramente de Dios, unificando potencias y sentidos con la razón iluminada por la fe, y dirigiéndolos con la voluntad, impregnada de amor de Dios. Y esa unidad interior se debe expresar «hacia fuera» como unidad de vida. Es decir, debe Ir produciendo una intensa coherencia entre la fe y las obras, que —cualquiera que sea su naturaleza— son siempre actos de un hijo de Dios que ha de vivir para hacer la voluntad del Padre, dejando que el Espíritu Santo plasme en él la imagen del Hijo...........(continua)


JBC.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

SORPRESAS EN LA EDUCACION

Los que nos dedicamos profesionalmente a la educación nos llevamos a veces unos chascos tremendos. Son desengaños que llevan a pensar.
Ves a lo mejor chicos o chicas de doce o trece o dieciséis años que son encantadores, excelentes estudiantes y que prometen una brillante trayectoria, pero que pasan los años y acaban en un desastre.
Y también al revés, otros un poco grises que luego resultan ser personas fenomenales. Es sorprendente ver cómo a veces, con los años, se cambian los papeles.
— Pues eso va un poco en contra de lo que decías sobre la importancia de educar bien en la infancia y primera adolescencia, ¿no?
Ya hemos dicho que la educación no lo es todo, y que no es un seguro a todo riesgo, entre otras cosas porque hay que contar con la libertad. La buena educación es sólo encaminar bien a los hijos (que no es poco).
Hay que decir también que la mayoría sí suele continuar la línea de sus primeros años. Pero es verdad también que son muchos los que luego se tuercen. Y si analizáramos las razones de los fracasos de esos chicos o chicas que tanto prometían, es muy probable que encontráramos una deficiente educación en la libertad.
No se trata de formar chicos o chicas sumisos y dóciles, que dependen para todo de sus padres, que carecen de juicio propio y que se limitan a ejecutar lo que se les dice. Es preciso formar personas de criterio.
Para acrecentar la sensatez y el buen criterio de un chico o una chica joven es preciso enseñarles a razonar debidamente, y, junto a ello, lograr que crezcan en las diversas virtudes básicas (sinceridad, fortaleza, generosidad, laboriosidad, reciedumbre, valentía, humildad, etc.).
— ¿Y por qué relacionas tanto la virtud con la sensatez?
Porque cuando falta la virtud es fácil que se extravíe la razón.
— ¿Por qué?
Cuando falta la virtud, la razón se ve presionada por los halagos del vicio correspondiente, y es más fácil que se tuerza para así ceder a esos requerimientos. Quizá por eso Aristóteles insistía tanto en que el hombre virtuoso es regla y medida de las cosas humanas.(Alfonso Aguiló)

lunes, 7 de septiembre de 2009

EL SENTIDO DEL DOLOR

HOMO PATIENS

“Frente a los aspectos trágicos existe siempre la posibilidad de sacar de ellos el mejor partido posible. Se trata de vivir un optimismo trágico”.

El sufrimiento se cierne ante nosotros, los seres humanos, como algo que queremos – y a veces, debemos – evitar. Para nosotros, comprender o aceptar el sufrimiento es algo que parece completamente difícil, y en muchas ocasiones, lo creemos hasta “inhumano”. Sin embargo, paradójicamente, es el sufrimiento, o mejor dicho, comprender el sufrimiento, es lo que nos hace aún más “seres humanos”.

A diferencia de los animales, los hombres son los únicos capaces de entender la razón o el motivo de un sufrimiento. Y es así como, algunos animales que “participan” en las investigaciones médicas, son incapaces de darse cuenta de la trascendencia de su sufrimiento y el beneficio que le están aportando a la salud y a la humanidad.
Pero el hombre sí es capaz de comprender el sentido pleno de un sufrimiento en particular; y es por ello que muchos hombres y mujeres son capaces de “resistir” un tratamiento (o algo) porque saben que dicho padecer está lleno de un sentido, de un fin.

Y aún más, es a través del sufrimiento (o del dolor) que podemos encontrar, no únicamente aspectos negativos, sino muchos otros positivos capaces de llevarnos a la trascendencia:

· Testimonio. Aquella persona que asume el sufrimiento con valentía y sentido de humanidad, es capaz de llevar, con su ejemplo, ese mensaje de esperanza, de encontrar un sentido plena aún en el sufrimiento.

· Crecimiento. “El oro no puede ser apreciado si antes no es fundido”.
El ser humano tiene la oportunidad de sacar provecho del dolor o el sufrimiento, y éste es capaz de llevarlo a alturas jamás sospechadas, permitiendo un crecimiento, que seguramente, viviendo en una tranquilidad constante, no lo hubiera logrado.

· Madurez. Invariablemente la madurez, llega cuando comprendemos los llamados que la vida nos hace para cumplir nuestro propio sentido de vida, y cuando somos capaces de responder, sin reservas a ésta, aún cuando las condiciones parecen aún más “oscuras”.

El sufrimiento nos abre el panorama de la vida, y nos lleva a encontrarnos con nosotros mismos, con nuestra humanidad y nos hace ver que la vida es sólo una y que hay que vivir, como si cada minuto fuera una última oportunidad para realizar nuestra misión.

En nuestra actualidad, el hombre se preocupa por lograr producir, hacer, tener. Es por ello que dentro de la logoterapia se le conoce como el homo faber. Este tipo de hombre únicamente se preocupa por el éxito y le teme al fracaso. Es por ello que al caer “presa” de una enfermedad o un sufrimiento “irremediable”, este tipo de hombre cae en la desesperación y la angustia. Es incapaz de ver la posibilidad de realizar dentro del sufrimiento.
En contraposición, se encuentra el homo patiens, es cual logra encontrar su realización, en y a pesar de, el sufrimiento. El “hombre doliente”, es capaz de llevar su sufrimiento al grado máximo de trascendencia, es decir, encontrar un sentido en una situación difícil. El no desesperarse ante una situación difícil, ya constituye por sí mismo una realización.

Recuerdo una anécdota que mencionan sobre Viktor Frankl; cuando tuvo la oportunidad de atender a un rabino, que acudió a él porque no podía soportar el sufrimiento por la muerte de su esposa. Frankl le hizo notar que su sufrimiento estaba lleno de un sentido, ya que, de alguna forma, a él le tocaba llevar este dolor que, quizás su esposa no hubiera podido “soportar” si él hubiera fallecido primero.

El hombre doliente no es aquel que busca el sufrimiento para llenarse de sentido; eso es masoquismo. Sino que es aquel que es capaz de encontrar una razón para ese sufrimiento, y que lo encara con el rostro en alto y no se desespera ante él. El homo patiens transforma el sufrimiento en acción. El sentido de vida es una cuestión de hecho, no de fe. Es algo que nos impulsa a hacer, a movernos, a ir hacia ese fin.
Ante la consigna del hombre actual: “sapere aude” (atrévete a ser razonable), el hombre doliente responde: pati aude! (¡atrévete a sufrir!). Y como a muchas personas les he dicho cuando llegan a mí en busca de una “solución” a su sufrimiento: ¡disfrútalo!
La enfermedad, el dolor, el sufrimiento es parte del hecho de ser seres humanos, y somos los únicos capaces de comprenderlo, y mucho más aún, de darle un sentido pleno. Y disfrutarlo significa, no quedarse con los brazos cruzados, sino convertirlo en acción.
(Edgardo Flores Herrera)

VIVENCIAS DE LA VIDA COTIDIANA

Después de muchos años de tratamientos y operaciones perdí la visión de un ojo y posteriormente la del otro, fue así que por el año 2003 quedé ciega. Todo parecía derrumbarse, había perdido mi identidad, mi independencia, me sentía como un pájaro al que le habían cortado las alas y no podía volar, estaba paralizada, no sabía qué hacer. Un profundo vacío existencial se había apoderado de mí.
Por aquel tiempo, casi todas las noches soñaba lo mismo:
Un río que corría a veces tranquilo, de aguas cristalinas y en otras, torrentoso, de aguas oscuras; yo sentada, quieta, callada a la orilla de éste, pensando que la vida era como ese río y que aquellas aguas que pasaban, ya no volverían jamás.
Por esta razón llamé a mi sueño:”El río de la vida”.
Un día mientras soñaba con el río, sucedió que gotas de agua mojaron mi rostro, sentí un sabor dulce y fresco, lo que me llevó a pensar que, a pesar de todo, la vida era dulce como el agua.
Entonces ocurrió que, por última vez, soñé con el río de la vida pero, ya no estaba a orillas sino dentro de él. El agua cubría mis piernas, podía tocarla y sentía su frescura. Sin embargo no podía verla, esto no impidió que nuevamente inicie el viaje navegando por aquel río.
Haré mención aquí a un pensamiento del Dr. Guillermo Pareja Herrera , donde narra la historia de una viejita ciega que sentada en un banco de una plaza, levantaba su rostro al sol en busca de su calor; tanto para la protagonista de esta historia como para mí “…lo importante no era ver sino sentir…”
Estas vivencias oníricas sucedían en el tiempo que junto a uno de mis hermanos leíamos “El hombre en busca del sentido”, de Víctor Frankl. Lo que más me impresionó de esa primera lectura fue cuando el autor dice…”no puedo cambiar la realidad pero si puedo cambiar mi actitud frente a esa realidad…”. Creo entonces que fue en ese momento, como diría el Dr. Pareja Herrera, cuando la semilla de la logoterapia comenzaba a germinar dentro de mí.
Una fuerza interior me impulsaba a buscar algo, no sabía exactamente qué.
Hoy puedo decir que lo que buscaba y busco es un sentido y que esa fuerza que me empujaba a hacerlo, provenía de la dimensión espiritual, el logos, la tercera dimensión que como dice Frankl, no enferma y está siempre lista para ayudarnos, sólo hay que saber escucharla.
Poco a poco fui recuperando mi identidad. Hoy acepto, aunque parezca una contradicción, que soy una persona independiente con la ayuda de las personas que me rodean.
Era libre nuevamente, podía elegir voluntariamente lo que quería hacer y esta libertad implicaba también hacerme responsable de las consecuencias, a veces salían bien y otras, no tanto.
Fue así que un día concurrí al Servicio de Ciegos de la Biblioteca” Victorino de la Plaza”. Allí me encontré con la profesora Alejandra Dipilato, una persona muy especial y con una gran experiencia, ya que desde hace muchos años se dedica a trabajar con la parte física de los ciegos. Con ella aprendí la ubicación en el espacio, la orientación mediante el reconocimiento de ruidos que permiten saber de donde vienen y así calcular la distancia; también prácticas en el manejo del bastón. Estas tres cosas son fundamentales para adquirir seguridad al caminar y vencer los miedos propios de las personas que no ven.
Finalizada esta primera etapa me incorporé a las clases de braille y computación con un programa especial llamado “JAWS” que tiene incorporado un lector de pantalla. Estas clases eran dictadas por María Elena Pastrana que es ciega y tiene un muy buen manejo de la computadora.
Debo confesar que tanto el braille como la computación son materias pendientes y que en un futuro no muy lejano quiero continuar.
Luego se presentó la oportunidad de hacer este postgrado, decidí libre y voluntariamente emprender esta aventura. Sabía que no sería fácil, debía enfrentarme con mis propios temores y prejuicios, pero valía la pena hacerlo.
Los días nublados habían pasado, brillaba el sol nuevamente, algo parecido a la felicidad asomaba a mi vida, me llenaba de proyectos, me impulsaba a aprender nuevas cosas, y a buscar de qué manera podía ayudar a otros que en situación similar a la mía, aún no encontraron el camino hacia el sentido.
Busqué entonces un trabajo que fuese significativo para mí y útil para los demás; me hice cargo del lavado de la ropa de mi familia. Para ello, acondicionaron el lavarropas, lo que me permite su fácil manejo. Este simple trabajo me resulta placentero y ya todos en mi familia saben que puedo hacerlo bien; puedo decir que se cumple así lo expresado por el Lic. Gabriel Isola: ergo-logo-actitud, indispensable al realizar cualquier tarea estando presente la tríada del trabajo: necesidad existencial-desarrollo personal-plenitud.

Con la logo actitud aprendí que ciego es la persona que va por los caminos de la vida mirando de una manera distinta, tal vez escuchando, tal vez sintiendo o emocionándose, un ser siendo y haciendo en el mundo que nos toca, como lo diría el Dr. Gerónimo Acevedo.
Hoy el horizonte que me abre la logoterapia, tiene los destellos de la felicidad que tanto ansiaba por mucho tiempo. He logrado encontrar sentido a la vida, vivir con alegría, y comprobar que puedo hacer algo. Ahora sé que la vida, a pesar de los imponderables, ofrece para el que busca, lo que necesitaba.
Concluyo este trabajo elevando una plegaria al Altísimo:
“Gracias Señor por permitirme encontrar en la oscuridad
la luz que ilumina el camino de mi vida”.(CECILIA INÉS RÍOS)

domingo, 6 de septiembre de 2009

CUANDO HAY AMOR......

Cuando hay amor……….Cada uno de nosotros tiene su carácter, sus gustos personales, su genio, su mal genio, a veces-, y sus defectos. Cada uno tiene también cosas agradables en su personalidad, y por eso y por muchas más razones, se le puede amar. La felicidad es posible cuando todos tratan de corregir las propias deficiencias y procuran pasar por encima de las faltas de los demás; es decir, cuando hay amor, que anula y supera todo lo que falsamente podría ser motivo de separación o de divergencia. En cambio si se dramatizan los pequeños errores y mutuamente empiezan a echarse en cara los defectos y las equivocaciones, entonces se acaba la paz y se corre el riesgo matar el amor.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

¿QUE EXIGE EL AMOR?

El corazón humano necesita el testimonio del afecto; ansía sentirse querido, estimado. Si la pareja logra tratarse de manera que brote entre ellos esa satisfacción, conseguirán un ambiente tal que los harán ciertamente felices.
Pero es necesario que sepamos saber querer, saber expresar el amor.
Una caricia, un regalo, una llamada telefónica oportuna; una palabra de estímulo, de disculpa, de perdón; la fecha del cumpleaños o del aniversario de boda; y muchas atenciones mas que se nos puedan ocurrir pero llenas de mucha pero mucha cordialidad, son formas apropiadas para profundizar el amor y esa unidad de tanta trascendencia cuando tenemos las suerte de estar enamorados.
Algunas manifestaciones de delicadeza…………
Sugerir, en lugar de mandar.
Invitar, en lugar de obligar.
Saber escuchar con atención e interés.
Sonreír, aún en ocasiones difíciles.
No darse por enterado ante una situación o hecho que pueda producir confusión.
No echar en cara los defectos del otro.
Alabar a tiempo un vestido nuevo, una buena comida, o una ocurrencia acertada e ingeniosa.
Respetar las opiniones.
Evitar las indirectas.
No elevar la voz demasiado fuerte.
Evitar las groserías.
Ser tierno.
Ser cariñoso.
Saber cuando uno debe callar.
Saber cuando permanecer en silencio es antipático.
Y tantas cosa más a vivir o evitar.
Debemos tratar también de no ser bruscos, de limar asperezas y faltas de educación; no hacer recriminaciones humillantes; ser benévolos; eludir cualquier palabra ofensiva; escuchar con atención no como distraído, vencer el mal genio o superar el mal humor.
El amor exige mucha generosidad, entrega, sencillez, humildad paciencia, mucho sacrificio y sobre todo pensar en la persona amada.