A corazón abierto (programación)

miércoles, 29 de abril de 2009

El sentido del ocio (parte III)

3.- El ocio bien entendido

¿Una visión tan superficial de la vida es suficiente? Para la mayoría de la gente joven desde luego no lo es, pero no siempre aparecen alternativas claras y convincentes, que sustituyan de modo aceptable ese simple “pasarlo bien” que todos criticamos, y que quizá ni siquiera es tan frecuente como se dice.


La alternativa auténtica es el ocio bien entendido, algo bastante distinto a lo que antecede. Se cifra fundamentalmente en las aficiones. Uno puede tener afición a pescar, a pasear el perro, a escuchar música country, a leer novelas. Pero todas las aficiones tienen un denominador común: uno hace algo porque le gusta. Este hacer en algunas ocasiones es verdaderamente trabajoso, por ejemplo, construir barcos con pequeñas piezas de madera. Pero al hacerlo uno tiene la “sensación” (que jamás tendrá en una discoteca) de que está creando algo, de que aquello es una obra que tiene un autor, que soy yo. Así empieza uno a ser autor de la propia vida: jugando a tener una afición que en el fondo uno se toma así, como un juego, como algo que lo hacemos cuando queremos, porque queremos. Nadie nos obliga, si nos dice cómo la hemos de hacer: nos puede dar por coleccionar bombillas, o por cultivar bonsais, o por escribir cuentos de horror. En todos los casos somos los dueños de lo que hacemos, y nos lo pasmos bien hacerlo.


Si nos preguntaran: y eso que estás haciendo, ¿qué es? ¿para qué sirve?, diríamos que no sirve para nada porque es un capricho, una afición. Mejor dicho, sirve para mucho, pues es nuestro descanso, nuestra diversión, es el juego al que a nosotros, que ya somos mayorcitos, nos gusta jugar. Por ejemplo, tocar el violín, o la guitarra. Cualquiera se da cuenta de que las aficiones nos llevarían a comprar un libro para mejorar nuestra técnica de los bonsais, o a recibir unas clases de guitarra que nos encanta. Claro que podemos objetar que yo tengo la “afición” de levantarme a la s 12 de la mañana, pero esto se entiende que es un truco lingüístico, porque afición significa tarea gustosa libremente realizada, y no inactividad o vagancia.


El ocio bien entendido es profundamente inútil, porque tiene valor en sí mismo, es decir, durante él se realizan actividades que en sí mismas son agradables, placenteras, y que las realizamos muy a gusto, por ejemplo, jugar o charlar, como hacen los niños o los mayores respectivamente. Las aficione, cuando se cultivan se van convirtiendo en cosas cada vez más serias, que basta pueden ser el origen de una vocación profesional, y que en cualquier caso tienen una continuidad en el tiempo, y nos ayudan a entrar en contacto con nuevos ambientes donde esa afición se cultiva: las aficiones fundan amistades extraordinarias entre quienes comparten el alpinismo, o el patinaje, por ejemplo, puesto que el deporte es una de las aficiones más sanas y socorridas para todos.


Cuando se tienen aficiones “serias”, y uno juega de verdad a ellas, en un equipo de deporte, en el jardín de su casa o en el parque, el plan de la “movida” deja de ser tan atrayente y pasa a ser algo que no da mucho de sí, y que no parece tan alucinante, puesto que filmar una película, por ejemplo, resulta más interesante, con lo que se pasa mejor y con lo que se aprende bastante.


Por último: el ocio mal entendido es propio de quienes viven una vida que no es la suya, sino que es más bien copiada de otros, puesto que carece de proyectos personales, de tareas que sólo nosotros podemos hacer. La manifestación es un ingrediente necesario del ocio mal entendido: hacer lo que hacen todos cuando lo hacen todos y porque lo hacen todos, bajo pena de ser excluido de los “todos” si no se actúa así. Y masificarse significa, sobre todo, dejar de ser uno mismo, carecer de personalidad distintiva, de estilo propio, incluso en el vestir. Esta es una vida superficial, que produce hastío y en la cual hay por dentro un vacío cada vez más grande, puesto que “estar a tope” no basta para ser feliz. Ser feliz significa llenarse por dentro, y para eso hay que tener algo que llene la vida, que le dé sentido.


El ocio bien entendido es propio de las personas que viven su propia vida a su estilo, imprimiendo en ella el sello de su personalidad irrepetible. Y además, las tareas y aficiones son lo que realmente llena y te hace sentirse satisfecho de ti mismo. Las personas que viven de este modo tienen un camino propio que recorrer que quizá las otras nunca encontrarán. Se ven a sí mismas como gente que tiene algo nuevo que aportar al mundo que les ha tocado vivir.

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