A corazón abierto (programación)

martes, 17 de febrero de 2009

El furor mediático










Estamos en una época en la que existe un denominado FUROR MEDIÁTICO, que quiere decir nada más que los jóvenes de hoy son connotados expertos en informática y ramas afines de sistemas y que esto los mantiene con una mentalidad de dependencia mediática “crónica”, “contagiosa”, “progresiva”, que los lleva a vivir en algunas ocasiones casi inconscientemente en un mundo virtual. Se trata de una especie de habilidad connatural contemporánea al manejo de los medios informáticos, que pueden estar bien, pero pareciera prácticamente inconcebible la vida sin messenger, chat, correos electrónicos, etc.
Por otro lado, ahora es muy normal las largas sesiones frente al televisor, donde no existe un proceso comunicativo abstracto, en las que hay ausencia de vocabulario, y se acostumbra el telespectador a impresiones psicológicas, más que a procesos intelectuales, con el consiguiente deterioro por la falta de uso del proceso de la inteligencia que se hace al leer o al conversar con alguien.

Utilizar indiscriminadamente los multimedia hace que el individuo se aísle largas sesiones en las que hay ausencia de la comunicación interpersonal, con el consiguiente empobrecimiento de la capacidad de conversar, sostener una opinión, entablar amistades o procesos específicos de sociabilidad. Trae unas personalidades en ciertos aspectos, entecas. Ciertamente esto se ha de entender de la polarización de conductas, ya que desde ningún punto de vista es que se ha de considerar que dichos medios cibernéticos constituyan una amenaza, todo lo contrario. Hablamos de las polarizaciones extremas. Estamos hablando de excesos, que, como todo exceso, se convierten en algo negativo.

Es imprescindible dejar claramente sentado que, hoy en día, dados los niveles de exigencia instrumental que suponen toda ciencia cibernética y el correcto uso de los ordenadores electrónicos, computadoras y demás instrumental informático, el que no sepa utilizarlos será comparable al que hasta hace pocos años no sabia leer ni escribir: un analfabeto. Aquí hablamos, como se apunta más arriba del uso indiscriminado y absorbente de estos medios.

Otra consecuencia es la exigua y pequeña capacidad de lectura, con la consiguiente pobreza de léxico y capacidad de expresar una idea, por lo que se recurre a giros o expresiones que son más de tipo afectivo o de jerga. Esto hace que se desconozca el significado de las palabras, y se dificulta la capacidad de entender lo que se está diciendo y de pensar, ya que no se sabe procesar los datos de la realidad y entonces hay dificultad para expresar las propias ideas, o, incluso, más lamentable y grave, dificultad para formular ideas y tenerlas como propias, con lo cual se recurre a hacer lo que hacen los demás o a adoptar conductas gregarias[1].



[1] Gregario viene del latín gregarius y esta viene de grex, que quiere decir, grey o rebaño. De esta manera, se entiende por conducto de gregaria, lo que señala el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, “Dícese del que sigue servilmente las ideas o iniciativas ajenas”. Por lo tanto, es el caso de la persona que se comporta como integrante de un rebaño, que carece de ideas y decisiones, y por tanto, de metas propias y que cede a la presión del ambiente.

domingo, 8 de febrero de 2009

El Subjetivismo Radical

Actualmente, nos encontramos viviendo una época de subjetivismo radical, que lleva a que el adolescente, ahora más que en épocas anteriores, vale decir los últimos diez años, tenga un sentimiento de que las cosas son como “yo pienso que son”. Esto les genera un sentido de la libertad con un gran peso específico y a cuestionarse la mayor parte de exigencias u obligaciones.

Son los nuestros unos tiempos muy singulares, donde los jóvenes sienten más que nunca el atractivo de la llamada “sociedad de consumo”, que los hace dependientes y prisioneros de una interpretación individualista, materialista y hedonista de la existencia humana. El “bienestar” materialísticamente entendido tiene a imponerse hoy como único ideal de vida, un bienestar que hay que lograr a cualquier condición y precio. De aquí el rechazo de todo aquello que sepa a sacrificio y la renuncia al esfuerzo de buscar y vivir los valores espirituales y religiosos. La “preocupación” exclusiva del tener suplanta la primacía del ser, con la consecuencia de interpretar y vivir los valores personales e interpersonales no según la lógica del don y de la gratitud, sino según la posesión egoísta y de instrumentalización del otro[1].

Se trata ciertamente de que a la gente joven hoy le falta, por la rapidez e inmediatez en que se vive, una capacidad reflexiva: no necesariamente “atolondramiento”, sino capacidad de reflexionar[2].

Es esta una característica lamentable de nuestra época. Ciertamente esa situación tiene raíces que es útil poder declararlas: una concertada gama de elementos aparecen simultáneos y pueden explicar hechos que motivan actitudes irreflexivas, repetimos, de no pensar lo que se piensa; de no volver sobre los propios actos; de no examinar la propia vida; de no fijarse en la derrota que se traza en el rumbo de la vida; de no calificar logros o aciertos los que son en la propia vida, y de fallos o errores, cuando éstos hubiera.


[1] Juan Pablo II, Pastores dabo vobis; # 8
[2] Reflexionar viene del latín reflexum, del supino del verbo reflectere que quiere decir “volver atrás”, “mirar para atrás”. De donde que se entiende en nuestro contexto que reflexionar es la capacidad de pensar lo que uno piensa.

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